El testigo ocular, de Ernst Weiss: El pueblo alemán como protagonista

El testigo ocular, de Ernst Weiss. Reseña de cicutadry

El escritor checo Ernst Weiss fue médico antes que escritor, un médico judío que curó a Adolf Hitler de ceguera según narra el propio escritor judío en El testigo ocular, una dolorosa novela. Cura al cabo Adolf Hitler en 1918 de ceguera histérica, devuelve la vista a un cobarde que no quería ver la derrota de Prusia en la Gran Guerra. Cuando comienza la guerra siguiente, la que provoca el antiguo cabo cobarde, es Ernst Weiss quien decide quitarse la vida, aterrado o asqueado por lo que estaba viviendo.

Una novela poco conocida

Él había sido el testigo ocular que vio crecer paso a paso la corrupción de la moral civil alemana. Fue el testigo ocular de una monstruosidad de la que nadie reconoció después haber sido testigo. El testigo ocular no es una novela conocida: narra las verdades con un realismo casi doloroso.

Ernst Weiss la escribió antes de que comenzara la Segunda Guerra Mundial. La había finalizado en 1938, cuando el poder de convicción de Hitler sobre Europa ya era imparable. Ernst Weiss lo vio; vio lo que nadie quería ver, y escribe El testigo ocular para dejar testimonio de algo tan evidente que él mismo sufrió el terror de lo inevitable. Poco tiempo después, justo antes de que las tropas nazis entraran en París, donde Ernst Weiss se había exiliado, el escritor checo se suicidó.

Hasta 1963 El testigo ocular no se publicó en Alemania. Para entonces muchos de aquellos testigos que habían propiciado la barbarie habían muerto en la guerra, y otros muchos trabajaban aún en el milagro alemán. Ciudadanos probos y responsables que décadas antes habían vitoreado a Hitler. De eso habla El testigo ocular: de rectos ciudadanos alemanes que escupían a judíos.

La corrupción moral

No obstante, Ernst Weiss  estructuró El testigo ocular de una manera aparentemente extraña. Hasta la mitad del libro nos narra la infancia y juventud del protagonista, que podemos identificar con el propio escritor. Nacido en el seno de una familia burguesa, con unos padres que se esfuerza en presentarnos como normales y corrientes, vive una serie de episodios familiares que vienen a representar lo que más tarde explotará en la década de ascenso de Adolf Hitler: las pequeñas corrupciones aceptadas.

En uno de esos graves episodios, el joven protagonista descubre que su padre tiene una doble vida. A pesar de ser un buen padre y un marido modelo, tiene otra familia, e hijos con otra mujer más joven, sana, no como su esposa legítima. Ernst Weiss incide en este aspecto: la madre siempre delicada de salud; el padre, siempre pendiente de su esposa, poniendo todos los medios médicos posibles para atenuar la crónica dolencia.

Mientras, en otra parte de la ciudad, hay una mujer más joven, sana. No es especialmente guapa. El joven observa otra peculiaridad: ni siquiera pertenece a la misma clase social que su padre. Ni siquiera su nivel cultural es parecido. ¿Qué tiene esa mujer que no tenga su madre? Salud. El padre es una persona utilitarista. No le importa engañar a su esposa, ni siquiera se plantea un dilema ético con ello, porque es lógico que un hombre quiera estar con una mujer sana. Cuando el hijo descubre su doble vida, el padre ni siquiera se avergüenza: cruza una mirada de inteligencia con él, lo hace testigo ocular y cómplice de su doble moral.

La ceguera de Adolf Hitler

El argumento central del libro, no obstante, sobre el que gira toda la obra, es el encuentro del protagonista con un cabo llamado A.H. Estamos al final de la Primera Guerra Mundial. El joven se ha convertido en médico, lo han alistado en el ejército prusiano y lo han enviado a un hospital de campaña. Allí conocerá a A.H.

Suponemos que por motivos de seguridad, o porque el propio Ernst Weiss no podría ni siquiera escribir su nombre, el siniestro personaje del cabo enfermo de ceguera histérica no aparece como Adolf Hitler. Pero era él, y Ernst Weiss lo conoció de cerca. Y lo siguió, siguió su aparición en la convulsa sociedad alemana de entreguerras. Lo siguió durante su monstruosa irrupción en la política de su país, en su discutido ascenso al poder. También lo sufrió personalmente en su imparable acoso a los judíos.

El testigo ocular es una crónica espeluznante de todo aquel proceso, tan bien conocido ahora por todos, en el que Alemania primero se sumió a sí misma en el terror, y después, sumió al mundo entero. Forzosamente es una crónica subjetiva, porque el protagonista sufre las consecuencias de la barbarie nazi. No solo como consecuencia de su condición judía –Ernst Weiss era judío- sino, ante todo, porque fue el médico que curó a Adolf Hitler. Que lo curó de algo vergonzoso que había que eliminar para siempre de la historia.

La normal apariencia de lo espantoso

No hay que olvidar algo que Ernst Weiss no cesa de recordar en El testigo ocular: aquellos hombres y mujeres que siguieron y divinizaron a Adolf Hitler eran personas normales y corrientes. Esos hombres que después persiguieron al médico que había salvado a su héroe eran personas hasta esos momentos respetables y rectas. Es una idea que el escritor checo repite una y otra vez en su texto:

Eran hombres como todos los demás, como tantos y tantos que había visitado cuando era médico. No sabía nada acerca de su carácter, de su temperamento, no había visto lo que tenían de espantoso. De no haber aparecido un día su Führer, su ídolo, su fetiche de dulzona brutalidad, habrían seguido siendo pequeños funcionarios, torneros de una fábrica, empleados forestales, cortadores de turba, suboficiales. Un diablo en persona los había transformado, y tal vez ellos ya no se entendían a sí mismos cuando, después de todo esto, volvían a reunirse con su mujer e hijos y a tomar cerveza.

No se les puede llamar bestiales, como tampoco se puede dar tal denominación a un enfermo mental. Se cometería una injusticia con los animales; tal vez también son los sayones. Probablemente ni siquiera tenían el sentimiento de la ignominia. Lo que  pasaba es que actuaban sin conciencia, sin razón. Y es que solo se había hecho salir a la luz lo más bajo de su ser.

Lo terrible del pasaje anterior es que está escrito en pasado cuando, en realidad, esos hechos se estaban cometiendo en el presente del escritor. El testigo ocular es una novela escrita como una pesadilla: su autor, Ernst Weiss, era íntimo amigo de Franz Kafka.

El pacto de silencio

Hay algo de espantoso en el testimonio de El testigo ocular: el que fuera silenciado durante décadas. Ernst Weiss no cuenta nada que ahora no se conozca. Pero en su momento, estos hechos debían ser silenciados para el mundo, aunque no sepamos muy bien la razón de ello.

Hay que leer El testigo ocular para comprender cómo funcionan las sociedades. Y lo mismo vale la sociedad alemana de entreguerras que cualquier sociedad actual. Hay que leer atentamente las frases vertidas por Ernst Weiss en su novela para entender que lo más peligroso es el silencio, ese pacto de silencio que se produce entre políticos, medios de comunicación y sociedad, y que tantas veces desemboca en la barbarie, mientras la ciudadanía calla y mira para otro lado.

Resulta muy difícil traer aquí la verdadera esencia de esta gran novela, pero solo hay una forma de leerla: como un testimonio. El terrible testimonio de una situación infame que nadie quiso ver, que nadie recordó haber visto. Igual que Ernst Weiss, todos somos testigos oculares de nuestro tiempo. Es imposible no serlo. Y la denuncia que contiene El testigo ocular ya aparece explícita en su mismo título. Da miedo pensar que algún día nosotros también podamos ser personajes de una novela así.

El testigo ocular. Ernst Weiss. Siruela.

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Acerca de José Luis Alvarado

Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos.Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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