Estación de lluvias, de José Eduardo Agualusa: el fin del colonialismo.

Portada de Estación de lluvias, de José Eduardo Agualusa

Estación de lluvias es una novela sobre un país, Angola, que busca construirse y afirmarse a la luz de una unidad construida artificialmente por manos europeas y, precisamente por su aspecto sociológico, sin llegar a ser un panfletista, merece una lectura atenta y la coloca en el estante de la literatura poscolonial. Literatura que, si bien no pretende ofrecer respuestas, estimula el debate.

Estación de lluvias, entre la realidad y la ficción

A medio camino entre los recuerdos y la ficción, Agualusa incursiona con esta Estación de lluvias en la narrativa del colonialismo y de la independencia de Angola. Al llenar su novela de referencias a su propia historia, Agualusa acerca al lector a las glorias íntimas y llenas de idealismo de quien huye de una familia afincada en el interior de Angola para dedicarse a la liberación, además de no perdonarlas. Miserias revolucionarias, distancias abisales entre la vanguardia revolucionaria y la población.
Agualusa pone el foco narrativo en el personaje ficticio de Lídia, de una familia tradicional portuguesa. Pero el autor nos muestra una sociedad angoleña compleja, donde desfilan tanto gentes sencillas como ricos nativos con mansiones coloniales, todo ello cimentado sobre las huellas de una guerra y las miserias de la propia sociedad angoleña.
Además de la amalgama social y temporal, la novela no duda en ahondar en los campos de la ficción, inventando para ello a todo un personaje, el de Lídia, vertebrador de la novela que, sin embargo, nunca existió.

Lídia, o la revolucionaria apátrida.

El personaje de Lídia representa la transgresión africana que se va de su país y llega a Berlín, conoce la lusofonía y se da a conocer a través de sus poesías y sus escritos. Lídia es un grano molesto para el gobierno de Salazar, un nuevo clavo en la revolución.

Estación de lluvias es una historia de colonialismo y Lídia representa la posibilidad de un cambio, un futuro de sueños, una voz que quiere ser escuchada pero espera en la conciencia de los sabios. Ella es la raíz de la revolución como debería haber sido, de un pueblo que está convenientemente aislado por la burocracia del MPLA (Movimiento Popular para la Liberación de Angola). Lídia no sabe en quién confiar, pero confía, recuerda que hay tierra y armas bajo la sangre de la guerra. La Lídia de Agualusa se confunde con la Angola soñada en los rincones de la revolución, Angola que quiere Angola a su manera, sin Lisboa y sin MPLA; Angola desde Luanda.

El personaje de Lídia lo expresa así:

“… la poesía surgió entre los jóvenes como el camino más evidente de afirmación cultural: nos quitaron todo, nuestra dignidad, nuestras tierras, nuestros hombres. Y al final la cara misma. (…) Nos quitaron todo el pasado y miramos a nuestro alrededor y no pudimos entender el mundo. Entonces empezamos a escribir poesía. La poesía era el destino irreparable, en aquella época, de un estudiante angoleño. (…) Los poetas jóvenes eran conscientes de su papel mesiánico. Escribimos para la historia”.

Contexto político y social de Estación de lluvias.

Nacido en 1960, Agualusa era un adolescente cuando Angola atravesaba el tumultuoso y complejo proceso de independencia política de Portugal, que tuvo lugar en noviembre de 1975, y que sumió al país en una guerra civil que duró hasta 2002.
Por eso, cuando publicó Estación de lluvias, Angola era un país devastado por la guerra civil que enfrentó al Movimiento Popular para la Liberación de Angola (MPLA) y a la Unión Nacional para la Independencia Total de Angola (UNITA). Otro grupo que jugó un papel destacado en la disputa por la independencia y el poder de Angola fue el Frente Nacional para la Liberación de Angola (FNLA).
Estos grupos político-militares se alinearon según intereses internacionales propios del contexto de la Guerra Fría. Así, mientras el MPLA recibió el apoyo de la Unión Soviética y Cuba, Estados Unidos y Sudáfrica apoyaron a la UNITA y al FNLA. Otros países, como Inglaterra, Zaire, Portugal y China, también se involucraron en el conflicto.
Como si no fueran suficientes los diferentes intereses políticos, económicos e ideológicos que representaban los diferentes apoyos internacionales a los movimientos de resistencia nacionalistas y guerrilleros, la complejidad se manifestó al interior de cada grupo, ya que no había unidad ideológica. Si es posible afirmar que el MPLA representaba el marxismo-leninismo, también es cierto que albergaba poderosas divergencias dentro de sus filas, que terminaron transformando a los aliados en enemigos.

La historia de una guerra desde diferentes prismas.

Es en este contexto políticamente confuso del proceso de independencia angoleño y sus consecuencias donde Estación de lluvias, jugando con la historiografía y la ficción, ubica su fábula, mostrándonos una realidad desde distintos ángulos.
Parte de esas narraciones son los testimonios que el narrador recoge en distintas entrevistas a Lídia, así como recopilaciones de sus textos y correspondencia. Como en un calidoscopio, Agualusa nos muestra la historia de las diferentes luchas por la construcción de una identidad nacional angoleña a partir de los relatos de Lídia, poeta, historiadora y activista del MPLA que, incluso después del proceso de independencia, enfrentó prisión y exilio.
Los ojos del lector se vuelven así multifacéticos, propios de una nación construida a base de balas y palabras. Lídia desea que se imponga, antes que la fuerza de las balas, la fuerza del discurso aunque este se pantanoso e inseguro, pero es consciente de que un país nace mucho más de las palabras que de lo concreto.
En esta perspectiva de la palabra, de una nación que se construye a partir del discurso (o discursos), José Eduardo Agualusa , en Estación de lluvias, propone una reflexión más allá de lo político-ideológico, abarcando la identidad, no sólo nacional, sino también étnica, y el papel de los intelectuales en este proceso.

Angola, la difícil construcción de una nación híbrida.

En ese sentido el personaje de Lídia es consciente de su papel de intelectual comprometida cuya función es la de producir documentos artísticos que pudieran testimoniar la construcción de una nación, a pesar de todo, híbrida. De una hibridación que entra en conflicto con muchos de los discursos nacionalistas y racializados que existían.
Es desde esta perspectiva que Lídia, cuando es invitada a participar en una antología titulada “Cuaderno de poesía negra de expresión portuguesa”, responde:

“Lo que escribo no tiene que ver particularmente con el mundo negro. Tiene que ver con mi mundo, que es a la vez blanco y negro. Y sobre todo, ¡es mi mundo! Si quieres incluir mi obra, cambia el nombre de la antología a Cuaderno de poetas negros, pero seguirá siendo una tontería, como hacer un Cuaderno de poetas altos o una Colección de poesía de mujeres obesas”

Y la conciencia de Lídia sobre la hibridación cultural que es consecuencia de ella y de su país se hace aún más clara cuando afirma:

“Todos pertenecemos a otra África que también vive en las Antillas, en Brasil, en Cabo Verde o en Santo Tomé, una mezcla del África profunda y de la vieja Europa colonial. Pretender lo contrario es un fraude”.

Si, por un lado, Agualusa presenta un personaje consciente de su hibridación, por otro reconoce la existencia de protagonistas que se dicen “puros” o, incluso, personajes que podríamos calificar como “colonizadores de la buena voluntad”. Estos reconocen el derecho a la autodeterminación de una nación colonizada, e incluso luchan por este derecho; sin embargo, siempre serán colonizadores.
Los defensores de una identidad cultural no hibridada también son retratados por Agualusa, que los ironiza, como en el caso de Antoine Ninganessa. Según el narrador:

“Antoine siempre decía que la gente debería dejar de imitar a los blancos y que nadie debería usar pantalones o camisas, nadie debería comer en platos de aluminio, nadie debería usar papel higiénico. A veces se emocionaba y gritaba que había que hacer todo a diferencia de los portugueses. Y luego daba ejemplo y comenzaba a caminar hacia atrás, como un cangrejo, o se sentaba en una silla con las piernas dobladas hacia atrás y giraba la cabeza hacia la espalda y hablaba no por la boca sino por el ano”.

Conclusión.

Leer Estación de lluvias es, de alguna manera, olvidar la historia contada y atreverse a lo que fue posible en aquellos años, además de sufrir los desengaños del sueño. Suspender por unos momentos los tropiezos, los dolores y las historias oficiales angoleñas a lo largo de esta novela permite al lector comprender las dudas y fuerzas que rodearon el proceso de liberación.

Estación de lluvias. José Eduardo Agualusa. Ediciones del Bronce.

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Acerca de Jaime Molina

Licenciado en Informática por la Universidad de Granada. Autor de las novelas cortas El pianista acompañante (2009, premio Rei en Jaume) y El fantasma de John Wayne (2011, premio Castillo- Puche) y las novelas Lejos del cielo (2011, premio Blasco Ibáñez), Una casa respetable (2013, premio Juan Valera), La Fundación 2.1 (2014), Días para morir en el paraíso (2016) y Camino sin señalizar (2022).

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