Gran Granada, de Justo Navarro: El comisario Polo entra en acción

Gran Granada, de Justo Navarro. Reseña de Cicutadry

Justo Navarro ideó en Gran Granada a un policía extraordinario: Polo. Con casi dos metros de altura, es un gigante en los años de la dictadura franquista: tiene la suerte de mirar a los demás por encima. Tiene también otra excelente cualidad para ser policía en una dictadura: es experto en telecomunicaciones. La gente habla por teléfono descuidadamente, en habitaciones donde no saben que las paredes escuchan.

El comisario Polo

Estamos en Granada, en 1963. Polo es ya un octogenario, pero los policías franquistas no se jubilan nunca. Saben demasiado, y los gobernadores civiles aprecian tanta experiencia. Justo Navarro nos lo presenta con su habitual y excelente forma de narrar, en la que parece no escapársele ningún detalle que pueda interesarle tarde o temprano al lector:

Octogenario, jubilado, condecorado en tres guerras y por cuatro países, España, Italia, Francia y Alemania, ejercía como adjunto o consejero, algo no oficial sino espiritual, amigo íntimo o conciencia del gobernador, que había puesto al servicio de su anciano de confianza un inspector, una secretaria y coche con chófer que lo llevaba a Madrid dos veces al mes. Además de ser un héroe, el comisario era ingeniero de Telecomunicaciones, experto en transmisión y recepción de señales. Tengo cien ojos y nunca duermo con más de dos a la vez, había dicho una noche.

Bienvenido míster Franco

El 6 de febrero de 1963 cae en Granada el diluvio universal. La ciudad termina en un estado catastrófico, pero nada es imposible para un régimen que parece resolver todas las situaciones.

La visita del Generalísimo Franco a Granada es una oportunidad de empezar de nuevo. Toda la Gran Granada espera al Caudillo, pero un hecho parece empañar tan excelsa visita: un abogado amanece muerto en un hotel. Ese abogado, un día antes, visitó la consulta de un afamado oculista, un conocido profesional de la Gran Granada.

Aunque parece que a Polo no se le escape nada en la adormecida ciudad de provincias, no parece tener el monopolio de las muertes violentas. Un amigo común, un amigo también del oculista, se suicida en su casa. Es extraño: la pistola con la que se ha pegado el tiro no aparece. El muerto tal vez tuvo tiempo de esconderla después de matarse.

La incómoda Gran Granada

La Gran Granada se vuelve incómoda para el comisario Polo. La visita del Generalísimo es inminente pero solo el policía sabe que hay una pistola incontrolada en manos de alguien que no conoce. Cualquiera podría atentar contra el Caudillo, acabar con el Estado adormecido, con el Estado policial.

Pone en marcha la maquinaria necesaria para convertir lo desconocido en verosímil. Confidentes, rumores, intuiciones. Y además la experiencia, desde aquel 1936 en el que Polo, después comisario de policía, ayudó a las tropas nacionales en algún asunto que ya ha sido olvidado para la Gran Granada.

Sabe algo, quizás importante: el oculista, Velasco, hombre de probada reputación, eterno novio de una mujer agraciada, mantiene una relación homosexual con otro profesional médico. Desde que aparecieron los dos cadáveres, los médicos no se han vuelto a ver. Eso lo sabe el comisario Polo, que parece que nunca durmiera, que no se le escapara ningún secreto.

El hombre globo

Sin embargo, por la Gran Granada, entre los personajes más destacados de la ciudad, deambula un tipo extraño: un hombre que parece haber sido inflado como un globo. Visita a los amigos de Polo, que tienen la fea costumbre actual de suicidarse. El hombre globo se queda durante un tiempo en la ciudad, pero nunca está más de unos pocos días en cada hotel en el que se aloja.

No todo lo puede saber Polo: cuando se acerca a los libros registro de esos hoteles, nunca aparece la identidad del hombre globo. Es como si no existiera. Ni siquiera se sabe con seguridad su nombre: Tsitri, Sipre, Sipri… Tampoco su nacionalidad. Nadie reconoce haber hablado con él, pero son muchos los que lo han hecho, algunos futuros suicidas.

Conoce bien Justo Navarro el mecanismo de las novelas policiacas: Tsitri es un McGuffin. No es que no tenga importancia en la trama. Es omnipresente, pero no parece que haga nada malo o punible. Solo charla con algunas personas de la Gran Granada en nombre de otra persona, una persona que lleva muerta más de seis años.

Un mensaje cifrado

También hay chiflados en Granada, tipos que se atribuyen a sí mismos el papel de confidentes de la policía. El comisario Polo atiende a un subbibliotecario, Barahona. Es un hombre atraído por una rara curiosidad: lee en las páginas de los libros que devuelven en la biblioteca las huellas que pueda dejar un bolígrafo o un lápiz en un papel que estuviera sobre el libro.

A Barahona no le pasa desapercibida una críptica inscripción: OO/B/CR T? 53/35? $$. El libro lo había depositado cuatro días antes, en la biblioteca, un futuro suicida, el hombre que se desprendió de la pistola después de pegarse un tiro. Y la Gran Granada, en realidad, es bien pequeña: Segovia, el suicida, era un gran coleccionista de arte. Barahonda, que parece saberlo todo, advierte al comisario Polo: esa inscripicón habla de un cuadro de Boticelli, correspondiente a la Capilla Real de Granada, que se está restaurando. Solo hay que saber leer bien las inscripciones, como él lee también huellas sobre la superficie de las páginas de los libros.

Pero Polo ya es un comisario octogenario, y recientemente está preocupado porque puede ser relevado de su cargo. Parece que el control que siempre ha ejercido en Granada se va disolviendo poco a poco. Los crímenes se suceden, no de una forma escandalosa. Los cadáveres tienen la virtud de desaparecer cuando los va a reconocer el comisario.

La soledad del poder

Lo que cuenta Justo Navarro en Gran Granada es la soledad de un hombre, la soledad del poder. Cuando no hay forma de saber la verdad, es necesario creer en lo verosímil, en definitiva, acudir a la intuición.

No es el comisario Polo un policía de ficción al uso, uno de esos detectives que aparecen ahora en las más renombradas novelas policíacas. Es mucho mejor, porque es real, muy real. En un estado policial, en una pequeña ciudad, un comisario tiene casi la obligación de saberlo todo, y el comisario Polo es de esa opinión. Incluso el escritor Justo Navarro es de esa opinión.

Pero los hechos contradicen al gran autor granadino. El comisario Polo, durante una buena parte de la novela, no sabe nada o casi nada. Pero es que en determinadas situaciones, es mejor creer que saber. Todo es una cuestión de hacer como en Filosofía: reducir al absurdo. Cuando nada parece tener sentido, hay que buscar un sentido último, algo tan ilógico que resulta ser verdad.

Gran Granada es un gran acierto de Justo Navarro. Gran lector de novelas policiacas, extraordinario critico de este género narrativo, sabe encontrar la forma de atraer en interés del lector sin que parezca que está leyendo una novela, sino la crónica de sucesos de un periódico. Al fin y al cabo, el asesinato es un hecho tan cotidiano como el calor o la lluvia.

Gran Granada. Justo Navarro. Anagrama

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Acerca de José Luis Alvarado

Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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