Petit Paris, de Justo Navarro: el pasado no muere

Petit Paris, de Justo Navarro. Reseña de Cicutadry

Rejuvenece en Petit Paris el comisario Polo, el policía granadino que ha inventado Justo Navarro. Polo es octogenario en 1963, en la gran Granada donde lo imaginó por primera vez Justo Navarro. En el petit Paris ocupado por los nazis rejuvenece veinte años. Estamos en 1943 pero el comisario Polo sigue siendo un fiel servidor del Nuevo Estado de Franco.

El gigante de los ojos grises

Ya lo conocíamos en la gran Granada. Condecorado por Alfonso XIII, policía modélico en la República y más tarde en la España de Franco, el comisario Polo es un superviviente nato; lo dice su creador, Justo Navarro, experto en novela negra. Polo mide dos metros y posee unos grandes ojos grises, gigantescos tras los cristales de aumento de sus gafas. Esos ojos lo ven todo. En el petit Paris de 1943 también observan una fotografía, la fotografía de un tal Matthias Bohle, aunque Polo ve la cara de un amigo traidor, Paolo Corpi.

Pronto sabemos de Matthias Bohle, o Paolo Corpi. Petit Paris comienza como las grandes novelas policiacas: contando lo que importa.

Cuando el lunes 22 de marzo de 1943 el comisario Polo llegó a París, el hombre al que buscaba llevaba muerto siete días. Lo encontraron deshecho, arrollado por un tren en la gare d’Austerlitz, en las vías que van al sudoeste de Francia, hacia la frontera con España, y no era ya el individuo de la foto que enseñaba Polo: había cambiado de nombre y de nacionalidad.

Bajo los grises ojos de Polo, el italiano Paolo Corpi, amigo en Granada, es en París el suizo Matthias Bohle, un hombre muerto en las vías del tren.

El juego de las identidades

Somos afortunados en España; tenemos un gran autor de novelas policíacas, el granadino Justo Navarro: es un escritor honrado. Petit Paris comienza con un muerto, y ese muerto no sabemos a ciencia cierta quién es, o al menos el comisario Polo solo puede saber lo que ve, aunque lo que vea no tenga sentido: su amigo traidor Paolo Corpi era más viejo en 1940 que el suizo Matthias Bohle en 1943, en París. ¿Es la misma persona? Sin duda.

Justo Navarro no juega a engañar al lector. Éste sabe lo mismo que sabe el comisario Polo, pero el comisario Polo solo encuentra incongruencias en el París ocupado. También encuentra a otro viejo conocido, un tal Luciano Bernard, cooperador con el Consulado General de España en París. Y por pura vocación, colaborador con la Sûreté, la Gestapo y la SiPo.

Matthias Bohle y él vivían juntos. Ambos sienten una gran pasión por los negocios y por coleccionar objetos. Bohle, cuando se llamaba Corpi y vivía en Granada también coleccionaba objetos, objetos de sus amigos: cuatro kilos de oro propiedad de un millonario granadino llamado Juan Salas, y una pistola del propio comisario Polo. Objetos sólidos que parecen volatilizarse junto a un cadáver en la gare d’Austerlitz.

Los pasos en el petit Paris

Así es el comisario Polo: llega a París en busca de un hombre y termina siguiendo la pista de su novia, una cantante de music-hall. Tiene el infalible olfato del policía superviviente: desde que llegó a París lo sigue un individuo, o él sigue al individuo, según las ocasiones. Termina entablando una cordial relación con él; nunca se sabe si llegará a ser tu enemigo mortal.

Polo ya es un hombre mayor, bregado pero sin resentimiento. Ha acertado Justo Navarro a la hora de perfilar a su detective: nadie arrastra las emociones continuamente, y menos aún un policía en edad de jubilarse. El comisario Polo es un hombre observador, metódico y discreto. Está resolviendo una misión privada en París enviado por un millonario azucarero-tabacalero adepto al régimen, pero en realidad está buscando su pistola, aquella que desapareció junto al italiano Paolo Corpi en 1941. En definitiva una cuestión personal y tal vez sentimental que lo devuelve a París tres años después de que realizara allí una misión secreta.

Sin embargo, pronto se da cuenta Polo de que le están dirigiendo los pasos. En ese París ocupado por unas fuerzas nazis en decadencia, un hervidero de espías, relaciones secretas y conspiraciones, se encuentra con un imbécil, Palma, un abogado que parece trabajar para el consulado español, un joven que le recuerda a sí mismo cuando era un joven imbécil, un pasmado al que se le descubren todas las costuras, la víctima perfecta para seguirle la pista.

Los actos heroicos

Justo Navarro cuida la ambientación y los detalles técnicos de las pesquisas: sabemos exactamente lo que ocurrió en París entre el 22 de marzo y el 7 de abril de 1943. Justo Navarro ha leído los mismos periódicos que leyó el comisario Polo durante su estancia en la capital francesa. Y no solo eso: se ha informado bien de los actos patrióticos que cometían los españoles en París.

Polo reconstruía la excursión de los cazadores, el circuito industrial-cinegético montado por Bernard y Bohle: Cirat levantaba y atraía a las piezas, señuelo perfecto, un chico republicano que había visto huir a su familia a América gracias a los desvelos del buen Luciano Bernard, antiguo servidor de la República. Bohle o Bernard les ofrecían a los fugitivos una salida, un salvoconducto, un visado, un pasaporte, un coche que iba a la zona libre, un tren o un barco.

Si el interesado daba una respuesta afirmativa en un plazo de veinticuatro horas y pagaba las cantidades necesarias para conseguirle la documentación adecuada, se le reservaba una plaza en el viaje: “Usted decide, señor; es una oportunidad única”. La noche antes de la huida, la Gestapo y la policía española se les aparecían a los fugitivos. Que Bernard y Bohle cobraban en dinero o en especie y siempre por adelantado la gestión y los documentos falsos lo demostraban sus conexiones con Decomble y el almacén de subastas que tenían montado en la rue du Bac.

Así es el petit París que se encuentra el comisario Polo: un lugar de pillaje, de extorsiones y muertos inesperados, como ocurre en todas las ciudades en guerra. Polo, en los pocos días que vive en París, irá encontrándose amigos y cadáveres a su paso. No es raro que tras cierto tipo de negocios haya un cadáver. Tampoco es raro que no parezca que ha sido víctima de un asesinato. En tiempos de guerra los muertos se amontonan.

La ciudad donde todos mienten

Lo recordó Justo Navarro en una entrevista: Henri Bergson escribió que el asesinato, el pillaje y la mentira no solo se convierten en lícitos, sino que son meritorios en tiempos de guerra. Así imaginó Justo Navarro el petit Paris de 1943: una ciudad donde todos mienten.

Después de unos días de trabajo, el comisario Polo adivina lo que en el consulado de España quieren que adivine. Incluso es posible que lo único que sabe Polo sea verdad. Solo su profesionalidad le permitirá abrirse camino entre las brumas del Petit Paris Policier, una pequeña ciudad donde todo el mundo se conocía.

Siguiendo sus huellas, y los pasos que le marca su creador, Justo Navarro, seguimos a este gigantesco comisario por una novela que es mucho más que una novela policíaca: Petit Paris es la recreación de una atmósfera, como escrita en blanco y negro. Es una especie de asfixia moral narrada hasta en su más mínimo detalle, con la prosa solvente, exquisita y punzante del granadino Justo Navarro, un autor imprescindible, un lujo para la literatura.

Petit Paris. Justo Navarro. Anagrama

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Acerca de José Luis Alvarado

Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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