La mirada inocente, de Georges Simenon: La sencillez profunda

La mirada inocente, de Georges Simenon. Reseña de Cicutadry

La mirada inocente contiene en grado superlativo una de las más preciadas características de Georges Simenon: la fluidez narrativa. Es la pasión por contar lo que nos hace admirar al escritor belga. En La mirada inocente hay otra vocación propia de Simenon: la imposibilidad de alcanzar la verdad. Por eso imaginó a Louis, un personaje al que seguiremos en su infancia, sobre todo, hasta que alcance la vejez; un personaje que se parecía mucho a Georges Simenon. La mirada inocente es la novela, entre las suyas, que prefería el prolífico autor.

Una dura mirada sobre la infancia

Georges Simenon arroja a su personaje, como al azar, a una calle cualquiera de París. Al comenzar la novela lo descubrimos con seis años, viviendo en un cuartucho junto a sus cinco hermanos y su madre, separada, que comparte cada noche su cama junto a un hombre distinto. Es imposible no sentirse turbado al comienzo de la obra.

La crudeza de las escenas, de las descripciones, es abrumadora. Su hermano mayor y su hermana imitan los movimientos y los gemidos de su madre y del hombre de turno junto a su cama, en un incesto flagrante. En esa familia no parece haber cabida al amor y, sin embargo, al menos al principio, todos sus miembros se quieren. O se protegen, que quizás sea lo mismo en caso de necesidad.

La madre trabaja precariamente vendiendo verduras en la calle con un carrito, igual que su abuela, a la que el pequeño Louis no le une nada. Dos hermanos gemelos, menores que nuestro joven protagonista, son procaces, deslenguados, impertinentes. Una niña de apenas seis meses de edad sobrevive como puede en un ambiente tan degradado. Georges Simenon nos presenta una familia cualquiera, una familia en cuyo seno hay un futuro pintor de éxito pero también un delincuente o un oportunista. Algo tan natural que no debe extrañar a nadie.

Los recuerdos borrados

Incide Georges Simenon en un hecho irrebatible: apenas tenemos recuerdos de nuestra infancia. Y así, sin apenas recuerdos, va montando la vida de Louis ante un lector perplejo por la sinceridad del escritor. Podríamos decir que La mirada inocente es una novela impresionista: Simenon no da validez a ningún recuerdo concreto. Pero esos recuerdos, aún solo impresos en el subconsciente, serán de una gran importancia en la vida de Louis:

Siempre se fijaba mucho en las personas y en las cosas, aunque no en aquellas que los demás esperaban que le inspirasen curiosidad. Ese mismo invierno, con cierto retraso respecto a los otros, ingresó en la escuela pública.

Debería haber conservado impresiones de su primer día de clase, que marcaba un hito en su vida. Pero no le quedó el menor recuerdo; en cambio, no le costaba volver a verse a sí mismo probándose delantales a cuadros en la Casa Lenain, la tienda de confección cerca de la que su madre instalaba el carretón.

Hay una fuerza magnética que nos atrae en La mirada inocente: es la fuerza de la autenticidad. Casi nadie recuerda los momentos más importantes de su infancia y, sin embargo, es como si los lleváramos impresos a fuego en algo que podríamos llamar nuestra memoria.

El angelito

La novela, originalmente, se titula Le petit saint. Sin embargo, Mercedes Abad, la traductora al castellano, optó por un título más poético. La mirada inocente le hace justicia a esta novela porque es la mirada que mantendrá Louis toda su vida. Del mismo modo, también intuimos que fue la mirada que siempre conservó Georges Simenon, como lo era del comisario Maigret.

No obstante, Le petit saint será el mote por el que se conocerá al pequeño Louis en el colegio y que lo perseguirá durante su vida (Mercedes Abad lo traduce como el angelito). Es curioso que los dos títulos de la novela, el francés y el español, se complementen y expliquen esta obra. Un pequeño santo, un angelito, tiene necesariamente la mirada inocente. Como esos pequeños santos que muy de vez en cuando conoceos en la realidad, son seres que no juzgan, que nunca creen poseer la verdad, que no hacen daño a nadie. Son seres que pasan como de puntillas por la vida, por muy importante que sea ésta tanto para ellos como para los demás.

Es la mirada inocente del propio Georges Simenon a la hora de abordar esta novela. Otro autor hubiera escrito un drama truculento con el material que imaginó el belga. Sin embargo, en La mirada inocente no hay drama alguno porque la obra está escrita con esa clase de mirada, en una rara y asombrosa simbiosis entre escritor y personaje.

Una rara objetividad

Si se analiza bien la novela, es de una objetividad pasmosa. Pero no es esa objetividad que en la época en que se concibió la novela estaba tan de moda, el nouveau roman. Más bien es un objetividad que parte de una consciente subjetividad del autor, que decide, igual que su protagonista, no juzgar nada, sino solo describir y narrar.

En un párrafo suelto, Georges Simenon hace una especie de confesión acerca de la madre –una mujer para la que, en principio, la vida ha sido singularmente dura- que viene a resumir toda una filosofía de vida:

Aceptaba la vida tal como llegaba saboreando los mejores bocados, conformándose con los bocados menos suculentos sin rechistar, y haciendo caso omiso del resto, como si jamás hubiera existido.

La sincera sencillez de Georges Simenon

En esta sencilla frase está contenida la tesis de La mirada inocente, si es que la novela sostiene alguna tesis. Con la misma sencillez de su protagonista, Georges Simenon escribió La mirada inocente en 9 días del mes de octubre de 1964. Su mirada rápida, hipersensible, natural, asombrosamente descriptiva, casi diríamos que impasible, fue volcada en esta memorable obra.

Cada escena que narra es como un pequeño descubrimiento, como una ventana abierta al cielo azul o al ancho mar. La literatura de Simenon es blanca, sincera, directa. Tal vez estas cualidades se le volvieron en contra respecto a la crítica, poco amiga de lo sencillo. Sin embargo, su prolífica obra se sigue leyendo, porque Georges Simenon tenía el secreto del arte de narrar, profunda y naturalmente, directo a la mirada del lector.

La mirada inocente. Georges Simenon. Tusquets.

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Acerca de José Luis Alvarado

Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos.Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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