La noche de los tiempos. Antonio Muñoz Molina

Es extraño: un hombre se levanta todas las mañanas con la ilusión de finalizar un proyecto largamente deseado, la construcción de la Ciudad Universitaria en Madrid; se despide de su mujer, de sus dos hijos pequeños, deja atrás su vivienda, situada en el confortable barrio de Salamanca, se monta en su coche para dirigirse a las obras que se levantan en las afueras, y justo un año después, se encuentra perdido en una estación de tren de Nueva York, solo, con una maltratada maleta en la mano, huyendo de su país en guerra, ignorando el paradero de su familia, abandonado a su suerte y a un futuro incierto.

En ese ambiente de extrañeza se desenvuelve Ignacio Abel, el protagonista de La noche de los tiempos (2009), confundido por las circunstancias sobrevenidas en 1936, y también por aquellas que él mismo se ha buscado pero que nunca deseó, porque nadie quiere verse exiliado de su país y de su propia vida, privado de los cómodos asideros de la rutina, de las cosas más triviales y también de los hechos más extraordinarios, como el amor de una chica de la que nada sabrá un año después de conocerla, la mujer que ha producido una crisis en su vida igual que esa otra crisis que de repente ha agitado las calles de su país, amenazada por las armas y la miseria moral, y que pugna por destruir mortalmente la vida de tantos conciudadanos que no han tenido la suerte de escapar como él.

Antonio Muñoz Molina (Úbeda, 1956) ha escrito una hermosa novela sobre la extrañeza que produce la mentira, el destierro y el odio. Abrumado por los acontecimientos, acompañado tan sólo por los recuerdos y por una carta de su mujer, en la que le censura su vileza como marido y padre, Ignacio Abel conoce el oprobio de las largas travesías hacia la nada, confundido entre apátridas a los que nadie admite en ningún país, postergado en las fronteras entre judíos alemanes, rusos disidentes e italianos antifascistas que no encuentran ningún sitio en el que quedarse en la inmensidad de la tierra, perseguidos por la hostilidad de la policía y los empleados de los hoteles, temerosos de que los documentos que llevan no sirvan para atravesar una nueva frontera y sean deportados a su país.

Ignacio Abel atraviesa parte de Europa y todo el Atlántico perdiendo cada día la evocación de las caras de sus seres queridos, olvidando su timbre de voz, difuminados por el vacío de la distancia, borrándose en esa geografía universal de la desolación punteada de trenes, trasatlánticos, taxis, habitaciones de hotel donde los espejos ya reflejan a otro hombre distinto del que salió de Madrid huyendo de la barbarie, mientras que en su bolsillo, como un llanto amargo, aún quedan las palabras de reproche de su esposa que le recrimina tener “dos hijos criándose en la edad más difícil y en esta época que nos ha tocado vivir y yo sola tendiendo que sacarlos adelante”, pero también conservando en la cartera las fotografías de Judith Biely, la joven con la que ha vivido un breve amor furtivo en Madrid y que ahora busca en la inmensidad de las calles de Nueva York, con la esperanza de volver a verla, de recobrar su perdida relación con ella.

Le quedan los recuerdos de ese amor contaminado por la necesidad de esconderse, medido en minutos o en horas, sometido a las dificultades de la clandestinidad y la prisa, pero también le queda un fondo de vergüenza y de culpa, que transita sinuosamente por la memoria de los días en que él creía ser feliz junto a Judith, mientras que a la vez iba abandonando su pasión por el trabajo, el amor por sus hijos, la apacible convivencia con su familia que se ha quedado en España, donde ahora se vive en el vértigo del horror y la tragedia.

Recuerda España, y en la indiferencia que otorga la distancia salvadora aún reconoce la desgracia de la que ya se siente a salvo, la sospecha de que en las calles de Madrid sólo hubiera merecido la persecución y la muerte. Se ha salvado del infierno para entrar en otro infierno más sutil, el de los desterrados, pero no puede olvidar lo que acaba de dejar atrás, las inútiles consignas de los republicanos, la chulería patibularia de los falangistas, los falsos avances de la milicia, los hombres tendidos en los descampados de Madrid, allá en la Ciudad Universitaria, donde él creyó levantar un altar al conocimiento, los impunes registros en las casas realizados por los mismos que él apoyaba sólo unos días antes, cuando todavía creía en las mentiras de los símbolos y las ideologías, cuando pensaba que su país iba a construirse sobre los sólidos pilares de la paz y la tolerancia y aún no sabía que lo habitaba una pandilla de cainitas ofuscados por la idea de venganza, movidos por una ceguera paranoica que empujará a millones de inocentes a un destino de sufrimiento y miseria.

Ni siquiera los intelectuales se salvan en ese ambiente abyecto de la guerra, como José Bergamín, cómodamente instalado en el despacho de un palacio, diciendo que la revolución es una cirugía necesaria, un corte que forzosamente tiene que ser sangriento, porque sangre hay de sobra para derramar, para limpiar de enemigos el país en nombre de la paz y de la libertad, opinando que el pueblo español tiene una instinto justiciero propio del genio de la raza, palabras que se pretenden épicas en el tráfago del palacio, donde Alberti mientras tanto monta fiestas de disfraces para los intelectuales antifascistas venidos del extranjero, entre el ruido de la orquesta y de los obuses que caen en mitad de la calle, sobre las casas de Madrid, dando razón a esa locura inmensa en que se convierte la guerra y que Muñoz Molina ha descrito con una pasmosa minuciosidad, en una soberbia apuesta por desenmascarar las ideas, las profesiones de fe, la traición, las fronteras seguras entre los culpables y las víctimas, con un afán memorialista invulnerable a tanta mentira, a tanto dogmatismo, a tanto odio, que no puede quedar olvidado en la noche de los tiempos.

La noche de los tiempos. Antonio Muñoz Molina. Seix Barral, 2009

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Acerca de José Luis Alvarado

Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos.Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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