Las olas, de Virginia Woolf: el lirismo introspectivo.

Portada de Las olas, de Virginia Woolf

Los actos de la humanidad han sido dejados de lado y dan paso a la autorreflexión de la consciencia moderna. Las olas de Virginia Woolf es una novela que rompe los límites de lo que entendemos como tal. No parece raro que sea nombrado «el más experimental de sus trabajos». Es un hito literario porque la Las olas abre sus cauces a otras posibilidades, todas ellas exploradas desde inicios del siglo XX. Es la piedra angular de una literatura que llegará hasta el teatro del absurdo y la escritura de Beckett.

Frente al mar, somos el mar.

En Elvedon es el amanecer de la consciencia. Aquí es el lugar de la infancia, una locación idílica. El mar, un bello instituto cerca de la costa, bosques, y lugares amplios nos colocan en el descubrir el mundo. Es el inicio de los tiempos.

Las olas está narrada por seis voces poéticas: las de Bernard, Susan, Louis, Jinny, Neville y Rhoda. Y digo expresamente de que se trata de voces poéticas porque sus discursos no son meros monólogos interiores, en el sentido de que estos personajes busquen transmitir sus pensamientos, sino que hay un componente deliberadamente estético en la prosa usada por Virginia Woolf.

Con esto quiero decir que a la autora le importa bien poco lo que pasa (de hecho, apenas hay una trama en toda la obra) sino cómo se expresa. Y el lirismo del lenguaje es los que convierte a Las olas en una novela única, especial y, posiblemente, la mejor de todas las novelas escritas por Virginia Woolf. Valga el siguiente fragmento como un ejemplo de ese lirismo:

Es raro que nosotros, capaces de tanto sufrimiento, tengamos que infligir tanto sufrimiento. Es raro que la cara de una persona, a la que no conozco aun cuando creo que en cierta ocasión coincidimos en la pasarela de un buque que iba a zarpar rumbo al África -una simple aglomeración de ojos, mejillas y aletas de nariz-, tenga el poder de injuriarnos. Tú miras, comes, sonríes, te aburres, te deleitas, te irritas… Esto es cuanto sé. Sin embargo, esta sombra que se ha sentado junto a mí durante una o dos horas, esta máscara a cuyo través dos ojos miran, tiene el poder de hacerme regresar, de fijarme entre esas otras caras, de encerrarme dentro de una ardiente cámara, de mandarme volando, como una polilla, de vela en vela.

El estilo por encima de la trama.

Como ya he comentado, en Las olas no hay historia en sí. Se parece más a la vida que a una sucesión de acciones que llevan a un fin determinado. Todos los personajes parecen terminar en una existencia monótona como el oleaje. Susan, la terrenal mujer, se casa y encara para sí el dilema de tener hijos. Bernard, el hombre de las palabras, tiene una vida media, pero sus sueños de escritor se frustran. Neville es un exitoso hombre de sociedad, lo contrario a Susan, pero, aun así, no se siente totalmente competente. Louis busca la perfección, pero no la encuentra. Y el encuentro amoroso con Jinny, mujer de sociedad, de belleza y poder, lo ve desde la ausencia, lo lejano. Rodha, la mujer sabia, ha aprendido a vivir consigo misma en una Inglaterra fría y dura.

Además de estas seis voces, existe un séptimo personaje que, aunque carece de voz propia en la narración, sabemos de él gracias a lo que cuentan los otros seis. Se trata de Percival, un personaje idealizado por sus seis amigos y del que sabemos que se fue como soldado a la India colonial y que allí murió, enalteciendo así para sus amigos su figura de héroe y semidiós. Valga esta cita de ejemplo:

Ahora me entregaré. Ahora me soltaré. Ahora por fin liberaré el retenido, el violentamente rechazado deseo de ser consumida. Juntos galoparemos por desiertas colinas, en las que la golondrina hunde las puntas de las alas en oscuras lagunas y las columnas erectas se conservan enteras. A la ola que se estrella en la playa, a la ola que lanza su blanca espuma hasta los más lejanos confines de la tierra, arrojo mis violetas, mi ofrenda a Percival.

Las olas como una metáfora de la vida.

En Las olas no existen un espacio y un tiempo determinados. Ellos están entrecortados, son fragmentos de situaciones cotidianas en el tiempo del pensamiento. La metáfora de las olas representa muy bien esta noción. Virginia Woolf no crea un mundo literario fijo, porque a través de su estilo, corto y depurado, busca llevarnos a la interioridad, al lugar íntimo, a nosotros mismos viendo el mundo desde nuestras interpretaciones.

Todo el libro es una metáfora de la vida en continuo cambio. Cada ola es un verso en el poema del mundo y quienes lo conformamos somos nosotros. Somos el mar. Nuestra consciencia fluctúa. La novela es un ir y venir en la eternidad como cada personaje en su propia historia. Esta idea se puede apreciar en fragmentos como este:

Mis hijos me harán seguir adelante; su dentición, su llanto, su ir a la escuela y regresar, serán como las olas del mar sobre el cual flotaré.

Pero lo que parece desunido, la forma de soliloquios sin aparente diálogo, se comparte en un espacio común que depende de la amistad y los lazos emocionales entre los estudiantes de aquel lugar idílico en el mar.

La forma del libro permite apreciar al lector una relación de continuidad en la aparente individualidad de los discursos. Los párrafos se encadenan unos a otros. Todos parecen vivir de forma diferente su vida, pero en el fondo sus pensamientos no son privados porque comparten las palabras, el lenguaje.

Y ante el lenguaje Virginia Woolf unifica cada aspecto de Las olas. Las diferentes referencias a la cultura clásica europea, las lecturas de cada uno de los actores… todo ello hace referencia a la unión cultural del mundo que permite que no estemos aislados.

Aquí reside el increíble logro estético de la autora inglesa. Lejos de la concepción narrativa clásica hay un fin claro: todos los personajes se entrelazan mostrando el abanico sentimental de lo que significa ser humano.

Por ello, Las olas es una obra clásica de nuestros tiempos. Más allá de una escritura exquisita, con una fuerza poética única, sin forzar las sencillas palabras de su inglés sobrio; más allá de una estructuración polifacética de todos los aspectos narrativos de lugar, tiempo y personajes. Lo que al final nos queda son las sensaciones memorables hechas por el mismo lenguaje. Ese espacio donde, a través de nuestro sentir, podemos experimentar y expresar nuestras vidas. Ser humanos, completamente.

Las olas. Virginia Woolf. Cátedra.

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Acerca de Jaime Molina

Licenciado en Informática por la Universidad de Granada. Autor de las novelas cortas El pianista acompañante (2009, premio Rei en Jaume) y El fantasma de John Wayne (2011, premio Castillo- Puche) y las novelas Lejos del cielo (2011, premio Blasco Ibáñez), Una casa respetable (2013, premio Juan Valera), La Fundación 2.1 (2014) y Días para morir en el paraíso (2016).

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