Molloy, de Samuel Beckett: la voz quebrada de un mundo en ruinas

Portada de Molloy Samuel Becket

Cuando Samuel Beckett publicó Molloy en 1951, pocos podían imaginar que estaba inaugurando una de las trilogías más radicales de la literatura contemporánea. A primera vista, Molloy podría parecer una novela sin rumbo, una narración errática, repetitiva y desprovista de grandes acontecimientos. Pero bajo esa apariencia de caos, Beckett compone una obra que explora, como pocas, los límites del lenguaje, la descomposición del yo y el absurdo existencial de la condición humana.

La estructura de Molloy es doble y engañosa. En la primera parte, un hombre llamado Molloy —viejo, tullido, casi espectral— narra en primera persona sus esfuerzos por llegar a casa de su madre, en un viaje que más parece una errancia sin sentido que una travesía real. Es un relato lleno de repeticiones, divagaciones, pensamientos inconexos, donde el protagonista parece tan perdido en su cuerpo como en su mente. Cada intento de avanzar es torpe, cada acción está envuelta en una duda casi metafísica.

En la segunda parte, la voz cambia: Molloy desaparece para dar paso a Moran, un detective que recibe el encargo de encontrarlo. Pero pronto la misión de Moran se disuelve también en la absurdidad: su relato, inicialmente más ordenado, se va desintegrando progresivamente en incoherencias, hasta que la distinción entre perseguidor y perseguido se vuelve borrosa, como si ambos no fueran sino manifestaciones diferentes de una misma conciencia en ruina.

Lo que a primera vista podría parecer una novela de persecución o un relato de búsqueda se revela pronto como una profunda meditación sobre la fragmentación del ser. En Molloy, no hay progresos reales, no hay revelaciones ni transformaciones heroicas. Los personajes están atrapados en sus cuerpos deteriorados, en sus recuerdos imprecisos, en sus palabras gastadas. La búsqueda no lleva a ninguna parte; es la propia búsqueda, su absurdo y su agotamiento, la que constituye el núcleo de la novela.

El estilo de Beckett en Molloy es absolutamente personal. La prosa es sinuosa, densa, cargada de frases largas que a menudo se enroscan sobre sí mismas, como si el lenguaje fuera incapaz de avanzar rectamente. La repetición obsesiva, las digresiones interminables, los detalles minuciosos de actos triviales como mover piedras de un bolsillo a otro o describir cómo se camina cuando el cuerpo ya no responde, construyen una atmósfera de parálisis que es, al mismo tiempo, trágica y cómica.

Hay un humor negro en Molloy, un humor que surge precisamente de la aceptación del sinsentido. Beckett no embellece la decrepitud ni dulcifica la desesperanza; más bien las exhibe con una desnudez que resulta, paradójicamente, liberadora. En su mundo, el fracaso no es una excepción: es la regla, el estado natural del ser humano. Y, en ese sentido, Molloy no es una novela nihilista, sino una afirmación descarnada de lo que queda cuando todas las ilusiones se han derrumbado.

Leer Molloy es una experiencia exigente. No hay una trama convencional que guíe al lector, ni un sentido claro que lo reconforte. El lector se ve obligado a abandonar las expectativas habituales y a sumergirse en el flujo errático de una conciencia desmoronada. Pero quien se entrega a esta lectura encuentra algo profundamente humano: la voz de alguien que, a pesar de todo, sigue hablando, sigue moviéndose, sigue intentando nombrar el mundo, aunque sea para constatar su inabarcable vacío.

Molloy forma parte de la trilogía que Beckett completará con Malone muere y El innombrable, obras que llevan aún más lejos esta reducción al hueso de la existencia. Pero ya en esta primera entrega está todo lo esencial: la disolución del yo, la lucha inútil por expresarse, el humor que late en la tragedia.

En un tiempo como el nuestro, donde tantas veces se nos promete sentido, éxito y resolución, Molloy sigue siendo un antídoto brutal y necesario. Nos recuerda que en la derrota, en la tartamudeante persistencia del ser, en la voz que no se rinde aunque ya no tenga nada que decir, puede residir una forma radical de dignidad. Una dignidad que no se basa en vencer, sino simplemente en seguir, a pesar de todo, moviéndose en medio del desastre.

Molloy. Samuel Beckett. Alianza Editorial.

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Acerca de Jaime Molina

Licenciado en Informática por la Universidad de Granada. Autor de las novelas cortas El pianista acompañante (2009, premio Rei en Jaume) y El fantasma de John Wayne (2011, premio Castillo- Puche) y las novelas Lejos del cielo (2011, premio Blasco Ibáñez), Una casa respetable (2013, premio Juan Valera), La Fundación 2.1 (2014), Días para morir en el paraíso (2016), Camino sin señalizar (2022) y El sicario del Sacromonte (2024).

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