El cerco de Londres. La pensión Beaurepas. El punto de vista. Henry James: El inesperado desencanto

29-cerco_londresEl profesionalismo fue una cuestión que obsesionó a Henry James desde el comienzo de su carrera literaria. Él no era como sus famosos personajes, norteamericanos ricos y ociosos que se dedicaban a pasear por Europa para darse cierto lustre cultural y recalaban en Gran Bretaña para adoptar un adecuado tono social. James vivía exclusivamente de sus escritos, y cuando encontró el éxito, redobló sus esfuerzos para que su presencia –y el dinero que esto le procuraba- fuera ostensible para sus lectores.

Un hecho demostrable prueba su voluntad de ser un escritor profesional: en tres años y medio, entre julio de 1878, momento en el que publicó Daisy Miller, y finales de 1881, cuando terminó El retrato de una dama, James escribió 4 novelas y 6 cuentos, teniendo en cuenta que la extensión de sus relatos era similar a lo que ahora entendemos como novelas cortas.

A esa época –concretamente a abril de 1879- pertenece La pensión Beaurepas (The Pension Beaurepas), un cuento que indagaba en lo que para Henry James constituyó un filón argumental –el tema internacional– y que pretendía darle una nueva perspectiva al presentarnos a dos familias americanas en Europa bien distintas a las hasta entonces retratadas por su pluma. No es uno de sus mejores relatos pero su contenida estructura narrativa cumplía a la perfección con las intenciones de su autor.

Una discreta y económica pensión situada en Ginebra es el lugar donde confluyen estas dos familias americanas por distintos motivos. Por un lado, Mr. Ruck, acompañado de su mujer y su hija, es un hombre de negocios cuya prosperidad ha vivido mejores tiempos. Intuimos que las cosas no le van bien aunque su carácter depresivo y poco amigable tampoco ayuda a conocerlo mejor. Lo que sí está clara es una cosa: aquella pensión no es lugar para un bróker que está conociendo Europa junto a su familia. Esta conclusión la hace ese innominado narrador tan frecuente en los cuentos de Henry James y que tanto se parece a él. Al igual que Stendhal pedía que la novela fuera como en un espejo en el camino, parece que James se empeñara en ser más bien un micrófono en el camino que iba de un personaje a otro preguntando, indagando, paseándose a su lado, para inmediatamente contarnos a nosotros, los lectores, cuanto había escuchado sin que ello lo obligara para nada a hablar de sí mismo.

Sin embargo, Mr. Ruck es prácticamente opaco para él, y solo por algunos pequeños detalles podemos concluir que su desinterés por el mundo tiene mucho que ver con su impulsivo interés por las noticias económicas de los periódicos americanos. No obstante, su esposa y su hija, mujeres bastante superficiales y también poco accesibles, parecen no enterarse de lo que ocurre como si entendieran que aquella estancia ginebrina es una mera parada más en su periplo por Europa.

Bien distinto es el caso de Mrs. Church, que llega junto a su hija Aurora después de haber litigado en otra pensión suiza por presuntos abusos económicos. Mrs. Church se ve que es una superviviente, una mujer americana decidida y fuerte que no tiene un dólar y que va de pensión en pensión recorriendo Europa con la única intención de encontrar un marido rico para su encantadora hija.

Salió de Estados Unidos cuando Aurora tenía 3 años, por lo cual la joven ha idealizado su país como un lugar donde podría desarrollar su apreciable inteligencia. Con nuestro narrador se muestra ingeniosa y locuaz, también con un carácter decidido, soñadora hasta cierto punto porque sabe cuál es su penosa realidad, y de hecho esta resuelta personalidad contrasta poderosamente con la actitud sumisa y apagada que muestra cuando está junto a su madre, también por razones de mera supervivencia.

Ella y Sophy Ruck representan en este relato dos nuevas versiones de Daisy Miller en cuanto que reflejan, de alguna manera, el variado carácter americano. Sophy Ruck es una correcta y superficial joven que vive inmersa en ese empuje económico de su país que mercantiliza todo cuanto toca. Es una consumidora –junto a su madre-, y tiene cierto mérito este aspecto porque conviene recordar que en aquel momento (1879) imagino que el consumismo aún no había llegado a la literatura. Ella no repara en que su padre puede estar al borde de la ruina, ni siquiera le interesa: sólo le interesan los interiores de las tiendas de lujo. De ahí que no pueda extrañarnos que deslumbre a su amiga Aurora Church, sumida desde siempre en un mundo de precariedades que identifica con Europa.

El cuento es una mera exposición de las vicisitudes de estas dos familias sin que podamos encontrar un nudo argumental ni una mínima tensión narrativa que le dé un valor especial. El estilo elegante, preciso y rítmico de James y su delicado tono sarcástico son los dos elementos que consiguen elevar la calidad de esta narración de lectura muy agradable.

No obstante, La pensión Beaurepas oculta una curiosidad: es el primero de una serie de tres cuentos, escritos con alguna distancia en el tiempo, cuyos personajes vuelven a aparecer en otras circunstancias. Un puñado de cartas fue el siguiente relato que, como ya se contó en estas páginas, consistía en un conjunto de cartas escritas por americanos que habían recalado en una casa parisina para mejorar su conversación en francés. De alguna forma retoma el espacio cerrado –cambia la pensión por una casa particular- pero conocemos a los personajes por sí mismos, o por su forma de redactar, y también por lo que dicen unos de otros.

El punto de vista (The Point of View), el tercero de esta serie de relatos, mantiene el género epistolar y algunos de los personajes tanto de la primera como de la segunda narración. Así vamos a conocer qué fue de ellos pasado un tiempo y según sus propias palabras, aunque en este caso, apenas hablarán unos de otros puesto que las circunstancias han alejado sus vidas a situaciones muy distintas.

Como narración, tal vez El punto de vista no tenga el interés literario de Un puñado de cartas, puesto que es más plana o menos ambiciosa, pero como texto salido de la pluma de Henry James ofrece un curioso reflejo de su vida. El cuento fue publicado en diciembre de 1882 -tres años después que La pensión Beaurepas; fue el primer relato que escribió después del sonado éxito de El retrato de una dama y también fue el primero que escribía después de su regreso a Estados Unidos, tras 6 años de estancia en Gran Bretaña.

Había comenzado su madurez como escritor, había conocido el reconocimiento del público, había visto morir a su madre, había hablado con todos los editores de Norteamérica e incluso había almorzado con el presidente de los Estados Unidos. Quiso iniciar su carrera como dramaturgo adaptando Daisy Miller a las tablas pero su trabajo fue rechazado por los gerentes del Madison Square Theatre por considerarlo demasiado literario. A pesar del éxito que estaba viviendo, no fueron unos meses agradables los que pasó en su país natal, que le gustó menos que nunca. Su perspectiva crítica se afiló y el resultado fue El punto de vista.

Por este relato sabemos que Aurora Church, la joven trotamundos de La pensión Beaurepas, ha conseguido arrancar a su madre la promesa de permanecer tres meses en Estados Unidos, tiempo que la chica piensa que será suficiente para encontrar la prosperidad en el país. También sabremos de la ruina definitiva de la familia Ruck y de otras vicisitudes de personajes que aparecían en Un puñado de cartas. Pero en este caso no importa para nada lo que les haya ocurrido a cada uno de ellos porque Henry James se dedica a diseccionar la sociedad americana con un cortafríos sin dejar títere con cabeza. El punto de vista es el relato más agudamente crítico de los que escribió nunca sobre su país.

Su mérito se encuentra en que utiliza siete personajes completamente diferentes tanto en sus circunstancias como en su personalidad para mostrar –o desmontar- un cuadro de la vida americana desde todas las perspectivas. Si el cuento se lee atentamente escucharemos a Henry James todo el tiempo. Estados Unidos aparece como un país donde el igualitarismo está diluyendo la individualidad, donde una fácil democracia fomenta la mediocridad y una vida mercantilizada infantiliza a la población haciendo de ellos caprichosos consumidores sin voluntad. Como es natural, el cuento no gustó nada en Estados Unidos, como había predicho el propio James a su padre en una carta.

Tal vez para compensar la sospecha de anglófilo que recaía sobre él, situó su siguiente relato en Gran Bretaña y llevó allí pura dinamita americana. El cerco de Londres (The Siege of London) es a mi parecer uno de los mejores cuentos de Henry James porque contiene tal corrosiva cantidad de veneno que lo hace casi único en su producción. Escrito en un estilo de alta comedia, en él asistimos a la ambición de una aventurera americana, Nancy Headway, que llega a Londres con la intención de introducirse en la aristocracia inglesa a costa de lo que sea. Empezaremos a saber de ella gracias a un encuentro fortuito con George Littlemore, un norteamericano cínico y ocioso que está pasando una temporada en la capital inglesa y que unos años antes conoció a la joven “en el porche de atrás de su casa” en San Diego cuando se llamaba Nancy Beck, estaba supuestamente casada con el director de un periódico de provincias y no se sabía el número de apellidos que había llevado antes porque ni siquiera ella era capaz de recordar los matrimonios que había contraído o los divorcios que había firmado.

Sin embargo, el encuentro se produce en un teatro de Londres donde Nancy Beck, ahora la viuda Mrs. Headway, se halla acompañada del brazo de un baronet inglés bastante tieso y poco sociable. Gracias a ese tono de comedia sofisticada al que me he referido podemos seguir con el debido distanciamiento las divertidas escenas que se van sucediendo cuyo primer resultado evidente es que Nancy es una mujer vulgar y sin escrúpulos que ha ido ascendiendo socialmente desde lo más bajo, allá en el Oeste americano, y que se encuentra con un hombre que conoce todo su pasado turbio y que también en su momento fue un aventurero –aunque después le sonriera la fortuna- y que por tanto conoce todas las argucias de las que es capaz el ser humano para trepar en la escala social.

El contraste entre estos dos pillos y la estirada sociedad inglesa es brutal. Al estúpido baronet es fácil engañarlo pero no ocurre lo mismo con su madre, cuando se da cuenta que su único hijo ha caído en las redes de una mujer que no parece muy respetable. Sus denodados esfuerzos por saber del pasado de Nancy resultan patéticos porque el único que lo conoce es Littlemore y éste no está dispuesto a ofrecer tan valiosa información porque realmente el asunto no es de su incumbencia. Intuimos que sus intenciones son otras, seguir con curiosidad la carrera de su vieja amiga Nancy por las alturas sociales de Londres y los equilibrios que tiene que hacer para no caer en el abismo. De hecho, durante un tiempo llega a pensar que la primera aceptación de Nancy en sociedad no se debe, indudablemente, a su estilo ni su elegancia sino a que resulta “divertida” a la rancia aristocracia, lo que le otorga como máximo una temporada entre los grandes antes de volver a caer en el olvido. Su futuro dependerá de que sepa aprovechar el tiempo que le es concedido y que en su carrera hacia la respetabilidad gane a la madre de su prometido en su pesquisa sobre su pasado.

El final es apabullante y representa el desencanto de Henry James con la sociedad inglesa. Bien lejos de esa imagen del escritor cómodamente instalado en Gran Bretaña, James no consideraba un logro pertenecer a lo más selecto –lo llamaba “pobre mundo”- y El cerco de Londres sea quizá su despedida de la alta sociedad. Como le ocurría a Nancy Beck, él pensaba que resultaba divertido a cierta clase social que, sin embargo, nunca lo aceptaría entre sus miembros porque un escritor no poseía los méritos suficientes para ello. Pocos meses después, en un ensayo acerca de George Du Maurier, dibujante de la revista Punch, escribiría estas palabras sobre la sociedad inglesa:

No poseen una vida artística espontánea.[…] Llevan sobre sus anchas espaldas una indescriptible montaña de convenciones y prejuicios, una oscura nube de ineptitudes y temores, que arroja una sombra en la práctica franca y confiada del arte.

El propio James se veía como un caso raro que no encajaba ni en la América igualitaria ni en la Inglaterra estática y convencional. Sus personajes americanos no se adaptaban a Inglaterra ni sus ingleses a la vida americana. Él mismo se veía como un tipo agradable al que invitaban a cenas y fiestas pero que era obviado por el propio círculo que lo recibía. Consecuencia de ello es que sus siguientes cuentos ofrecerían una perspectiva mucho más sombría del tema internacional.

El cerco de Londres. Editorial Juventud.

El punto de vista. La Compañía de los Libros.

La pensión Beaurepas está incluido en Complete Works of Henry James. Delphi Classic.

Reseñas sobre Henry James en Cicutadry:

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Acerca de José Luis Alvarado

Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos.Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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