El cielo protector, de Paul Bowles: un viaje hacia el interior a través del desierto

Portada de El cielo protector, de Paul Bowles

El cielo protector nos da cuenta de su complejidad y pervivencia, partiendo de un sitio tan distante como el Sahara, a donde llegan los personajes por voluntad propia, pero con seres y escenas tan cercanas como las de una vida agitada y tranquila a un tiempo. Es un viaje hacia un lugar y hacia un tiempo, a un espacio, a un sentir y un vivir que está más cerca de lo imaginado.

Un viaje por el desierto y un viaje interior

Esta novela nos transporta a un viaje efectuado por tres personas: un matrimonio (compuesto por Port y Kit Moresby) y un entrañable amigo (Turner), desde Nueva York a Argel, en medio de la suspensión de las líneas turísticas causada por la recién concluida Segunda Guerra Mundial.

Las características de los personajes nos dan una idea de la complejidad del viaje emprendido. Port es un músico que atraviesa una evidente etapa de decadencia y su mujer, Kit, se caracteriza por su frivolidad e inseguridad, manifestadas constantemente en sus expresiones y actuaciones. El viaje emprendido se convertirá en un intento por recuperar la creatividad artística, por encontrar la inspiración que le permitan retomar el rumbo, un rumbo que, a ciencia cierta, no se sabe si es salvable o no, pues también se constituirá como un momento, como un trayecto cuya intención será al de coadyuvar en la mejora de las relaciones matrimoniales.

A ellos se suma el tercero en cuestión, Tunner, quien no solo acompañará a la pareja por su estima o aprecio, sino, como suele suceder en muchos casos, por el interés que tiene en Kit, aunque ello no demerita su fascinación hacia el matrimonio en su conjunto, como si se tratase de un objeto o un ser que merece su atención y esfuerzo, pero sin dejar de lado su petulancia característica.

El viaje físico se convertirá en un viaje interior. Ninguno de los personajes nos ofrece pistas consustanciales de su pasado o de su ayer, sea en pensamiento o actuación; las pinceladas mostradas siempre nos conducen hacia el frente, hacia adelante, hacia lo que no es, pero que no ha sido, a diferencia de lo que no es, pero ya ocurrió. El trío se mueve hacia adelante, siguiendo al sol, viviendo el instante, el momento, el vaivén del efímero pulso en que se manifiestan cada uno de los segundos de su trayecto.

El viaje, entonces, no solo será intrigante, también será peligroso, pues la cultura, las formas y los pulsos presentes de los demás les son completamente ajenos; pero, sobre todo, porque en medio de las incidencias del recorrido, saldrán a la luz las incidencias de cada uno de estos tres seres, de cada una de sus historias, de cada uno de sus presentes y, por supuesto, de cada uno de sus futuros.

El cielo omnipresente

La alusión a “el cielo protector” aparece de forma sutil en varios momentos a través de las reflexiones que realizan distintos personajes en mitad del desierto, por ejemplo:

El cielo aquí es muy extraño. A veces, cuando lo miro, tengo la sensación de que es algo sólido, allá arriba, que nos protege de lo que hay detrás.

A veces esa alusión resulta más explícita, como en este caso:

En la claridad del cielo nocturno aparece una estrella negra, un punto de sombra. Punto de sombra y puerta de reposo. Ve más lejos, traspasa la fina trama del cielo protector, descansa.

Aunque a veces ese cielo misericordioso no consiga su propósito redentor:

Había rocas y cielo por todas partes, dispuestos a absolverlo, pero, como siempre, llevaba el obstáculo consigo mismo.

En otras ocasiones, la ausencia de cielo se opone a ese sentimiento de protección, y se genera el caos y la inseguridad:

El caos de edificios cúbicos con sus techos planos parecía prolongarse hasta el infinito; el polvo y la bruma de calor no permitían decir con exactitud dónde empezaba el cielo.

También vemos al cielo como una entidad viva, inmensa, en continuo movimiento:

Dondequiera que mirara, el paisaje nocturno le sugería una sola cosa: la negación del movimiento, la suspensión de la continuidad. Pero mientras estaba allí, momentáneamente integrada al vacío que había creado, una duda se insinuó poco a poco en su espíritu, la sensación, primero débil, después más firme, de que parte de ese paisaje se movía delante de sus propios ojos. Los volvió hacia arriba y su rostro se contrajo. El cielo monstruoso, lleno de estrellas, el cielo entero giraba de costado. Parecía quieto como la muerte y, sin embargo, se movía. A cada instante una estrella, hasta entonces invisible, surgía de un lado del horizonte, mientras otra caía en el lado opuesto.

En cualquier caso, en El cielo protector, el propio cielo juega un papel protagónico, pues está siempre ahí, omnipresente en las páginas de la novela.

El estilo de El cielo protector

Son treinta capítulos, agrupados en tres partes, los que componen la totalidad de El cielo protector. En ellos, la historia de los personajes se desdobla en dos momentos, en dos escenarios: el del desierto africano del Sahara, sitio físico en donde se consuma y ejecuta el viaje que motiva el desplazamiento de los personajes; y el espacio interno de cada uno de ellos, sitio y momento en donde se vive el presente, en donde también se consuma el viaje y se desarrolla la otra forma, la otra parte de la aventura.

Las palabras correspondientes a la descripción y análisis de las personalidades y estructuras internas de los personajes ocupan mucho de la primera y segunda sección, dejando como complemento y fondo el otro viaje, no menos importante y no menos interesante y atractivo, el de las personas. Es a partir de la segunda sección, casi al final, que revive el trasfondo geográfico para sumarse a la última fase de los personajes, caracterizada por la introspección y la reflexión constante.

En la magnífica versión cinematográfica de 1990 -en la que por cierto, el propio Paul Bowles interpreta la voz narradora- Bertolucci tuvo el acierto de terminar la película de con una cita de El cielo protector que viene a resumir, de una forma conmovedora, el espíritu existencial de la historia:

La muerte siempre está en camino, pero el hecho de que no sepamos cuándo llegará parece restarle finitud a la vida. Lo que odiamos tanto es esa terrible precisión. Pero como no sabemos, nos toca creer que la vida es un pozo sin fondo. Sin embargo, las cosas ocurren solo un determinado número de veces, en realidad, muy pocas. ¿Cuántas veces más recordarás cierta tarde de tu infancia, una tarde que forma una parte tan entrañable de tu ser que ni siquiera puedes imaginar la vida sin ella? Quizá cuatro o cinco veces más. Quizás ni eso. ¿Cuántas veces más verás salir la luna llena? Quizás veinte. Y sin embargo todo parece ilimitado.

El cielo protector. Paul Bowles. Alfaguara.

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Acerca de Jaime Molina

Licenciado en Informática por la Universidad de Granada. Autor de las novelas cortas El pianista acompañante (2009, premio Rei en Jaume) y El fantasma de John Wayne (2011, premio Castillo- Puche) y las novelas Lejos del cielo (2011, premio Blasco Ibáñez), Una casa respetable (2013, premio Juan Valera), La Fundación 2.1 (2014), Días para morir en el paraíso (2016) y Camino sin señalizar (2022).

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