Homo Faber, de Max Frisch: La imprevisibilidad de la vida

Homo Faber, de Max Frisch. Reseña de Cicutadry, análisis y comentarios

Cuando Max Frisch escribió Homo Faber –publicada en 1957-, el mundo había virado irremisiblemente hacia la tecnología. Recordemos que el escritor suizo Max Frisch fue arquitecto antes de que se dedicara a la literatura, pero también se definía como un “pesimista existencial”. En efecto, los años cincuenta fue una época tecnológica, pero también fue la gran década del pensamiento existencialista. Esa simbiosis, en la mente del escritor suizo, dio como fruto Homo Faber.

Un personaje racional

Max Frisch pertenece a una generación de escritores humanistas cuyas novelas constituían una reflexión en voz alta acerca de la naturaleza humana. Homo Faber, como también ocurriría con su novela No soy Stiller, ahonda en la identidad personal, en esa pregunta –desgraciadamente, en la actualidad tan poco literaria- por saber quiénes somos. En Homo Faber, Max Frisch imagina a un poderoso personaje, un ingeniero defensor de la racionalidad, de las leyes de probabilidades, de la experiencia como realidad cruda e insoslayable.

Este protagonista, Walter Faber, escribe la novela en primera persona, como una especie de autobiografía que comienza en un viaje de trabajo en avión hacia tierras venezolanas. Durante el vuelo, fallan dos motores del avión y el comandante se ve obligado a realizar un aterrizaje forzoso en mitad del desierto. Naturalmente, toda la tripulación se salva, puesto que el avión se encuentra lo suficientemente equipado como para soslayar, incluso, una fatalidad del calibre de un fallo en los motores.

Este aterrizaje forzoso, llevará a Walter Faber a tomar una serie de decisiones azarosas que lo llevarán por la selva mexicana. Junto a dos tripulantes más del avión, realizarán un viaje hacia la nada, como llevados por un Destino al que Walter Faber se niega a dar la razón.

Las azarosas tomas de decisiones

El inteligente Max Frisch se extiende en esta aventura por los lugares más recónditos de América Latina con el fin de introducir lo irracional en la mente del lector, que no en la del protagonista de Homo Faber. En efecto, Walter Faber, aun en un escrito autobiográfico que, como descubrirá por su cuenta el lector, no deja de ser una moderna tragedia griega, mantiene su fe en lo racional:

Yo no creo en una providencia ni en un Destino. Como técnico, estoy acostumbrado a calcular según las fórmulas de probabilidad. ¿Por qué, Providencia? Reconozco que sin aquel aterrizaje forzoso en Tamaulipas todo hubiera sido distinto; no habría conocido a ese joven Hencke y quizá no habría oído hablar nunca de Hanna, aún hoy no sabría que soy padre. Es imposible imaginar hasta qué punto todo habría sido diferente sin aquel aterrizaje forzoso en Tamaulipas. Tal vez Sabeth viviría aún. No lo puedo negar: fue algo más que una casualidad que todo sucediera como sucedió, fue toda una cadena de casualidades. Pero ¿Por qué llamarla Providencia? Yo no necesito ninguna clase de mística para admitir lo inverosímil como un hecho experimental: las matemáticas me bastan.

Este pasaje nos parece especialmente aclaratorio de lo que el lector se encontrará cuando entre en las páginas de Homo Faber: una aparente contradicción entre la sucesión de azares y casualidades a las que se ve sometido el protagonista frente al propio texto que éste escribe –que no dejan de ser sus propias ideas- en el que justifica cada una de esas casualidades. De hecho, la estructura de la novela está pensada para que esa sucesión de contingencias vaya aumentando ante los ojos del lector de forma apabullante.

Cada vez que Walter Faber toma una decisión, realmente lo que está es acercándose a una realidad que lo va a ahogar como hombre y como persona. Cada decisión lo irá acercando hacia su pasado. Irremisiblemente, esta revisión del mito de Electra va haciéndose patente conforme Walter Faber decide hacer todo lo contrario de lo que cualquier mente común hubiera decidido.

El moderno mito de la tragedia griega

Para que la reflexión sobre el destino humano sea completa y redonda, Max Frisch hace que Walter Faber termine en Grecia. Allí se reencontrará de forma brutal con su pasado. En una jugada extraña del destino, la muerte de un ser querido lo esperará para rematar este viaje a los infiernos del azar que es Homo Faber. Sin embargo, la fe de Walter Faber en la ciencia, en la mente racional, en todo lo explicable, es casi insultante:

La máquina no puede olvidar nada porque comprende todas las informaciones necesarias mucho mejor que un cerebro humano y en ella no cabe margen de error. Pero sobre todo, la máquina no tiene experiencias, no tiene miedo, ni esperanzas, solo sirven para estorbar, no tiene deseos en cuanto al resultado, sino que trabaja según la pura lógica de la probabilidad, por eso sostengo yo que el robot comprende mejor que el hombre, sabe mejor lo que sucederá en el futuro que nosotros, porque lo calcula, no especula ni sueña, sino que es gobernada por sus propios resultados y no puede equivocarse; el robot no necesita intuiciones… (…) las esculturas y esas cosas no son otra cosa (para mí) que antepasados de los robots. Los primitivos trataban de anular la muerte reproduciendo el cuerpo humano; nosotros, en cambio, lo hacemos sustituyendo al hombre. Técnica en lugar de mística.

Más allá de la muy interesante trama de la novela, habría que destacar la inteligentísima puesta en escena de la historia. La gradual dosificación de azares a los que somete Max Frisch a su protagonista está milimétricamente calculada. Si a alguien se le ocurre buscar y leer el resumen de la historia que esconde Homo Faber, sin duda no tendrá ningún interés por leer la obra. En este sentido, ocurre algo muy parecido con las tragedias griegas. Bien miradas, ningún resumen de sus argumentos pasaría un examen medianamente riguroso para hacerlo atractivo al espectador.

La tragedia del hombre actual

Creemos que Max Frisch fue muy consciente de este hecho, y el lector de Homo Faber haría muy bien en degustar esa continua lucha entre la mente de Walter Faber, que se resiste con su propia escritura a verse gobernado por el Destino, y la realidad que vive, una realidad pavorosa que a cualquier lector le resultaría insoportable de sobrellevar.

La tragedia de Walter Faber, como la tragedia del hombre actual –o, más aún, del hombre del siglo XX- es tratar de abordar lo imprevisible, la variabilidad de las cosas y de los hechos, frente a la rutina ultra programada con la que vivimos en la actualidad, con la fe en que, o bien la ciencia, o bien los poderes políticos, remediarán los males que surgen impredeciblemente a nuestro alrededor.

Basta echar un vistazo a nuestra realidad actual más inmediata para comprender esta tragedia: una brutal realidad impredecible nos cae encima y solo la ciencia y las costumbres racionales y meditadas pueden vencerla. Aunque pueda parecer sencillo, ya estamos viendo que no lo es: esa lucha, esa contradicción –tan bien reflejada en Homo Faber– es la que nos ha llevado al formidable nivel de confusión que actualmente sufrimos los seres humanos.

Homo Faber. Max Frisch. Seix Barral

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Acerca de José Luis Alvarado

Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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