Antonio Muñoz Molina, el Príncipe republicano

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Todavía me acuerdo de cuál fue el primer libro de Antonio Muñoz Molina que leí e incluso puedo acordarme de la fecha en que lo hice. Corría el año 1989, acababa de publicarse su novela Beltenebros y un amigo alemán con quien solía verme para jugar al tenis me habló, tras uno de nuestros encuentros, de esta novela recién publicada y también de la anterior, publicada en 1987: El invierno en Lisboa. Cuando la mencionó, el título ya me resultaba familiar, porque mi querido amigo José Luis, con quien comparto entradas en este blog, me había hablado ya de ella y la había ensalzado. Incluso recordé que en una ocasión me habló de otro libro cuyo título no me parecía tan atractivo: Beatus Ille. Ya entonces aseguraba José Luis que aquel desconocido Muñoz Molina llegaría lejos. Todavía sigo preguntándome qué clase de olfato literario hace falta para anticiparse de la forma que lo hizo mi amigo José Luis y atreverse a comprar un libro de un autor del que por entonces no se sabía prácticamente nada. Convencido, no obstante, de que su gusto literario ha sido siempre irreprochable, me lancé a leer una de las novelas que entonces me recomendó, la que por una cuestión de sonoridad del título, me pareció más atractiva: El invierno en Lisboa.
 
Ni que decir tiene que aquella obra me encantó. Pero para entonces, hablar bien de este libro no tenía ningún mérito. Muñoz Molina había recibido el Premio de la Crítica y el Premio Nacional de Narrativa por dicha novela, salía con cierta asiduidad en los medios y, salvo los habituales críticos resentidos o envidiosos, todos los lectores coincidían al valorar merecidamente de forma muy elogiosa su impecable estilo literario.
 
Evoco aquellos días en los que, poco a poco, fui consumiendo su literatura, deleitándome con unas frases que parecían haber sido compuestas para leerlas en voz alta, y que suscitaban en mí esa pura alegría a la que el autor se refirió en una ocasión, pero también, lo admito, cierta envidia, pues por aquel entonces yo comenzaba a hacer mis pinitos literarios y miraba a Muñoz Molina como un referente de lo que a mí mismo me hubiese gustado conseguir, algo que no dejaba de ser un sueño: escribir con un talento similar. Tanto me gustaba que llegué a leer libros suyos que se encontraban fuera de circulación y que, en aquellos días, sin la ayuda que supone hoy Internet, era toda una aventura tratar de encontrar. Me refiero a sus libros de artículos, publicados en el Diario de Granada o en el periódico Ideal y también por la Diputación de Granada y que, aunque fueron reeditados con posterioridad, por entonces eran prácticamente inencontrables. Y recuerdo que muchos de esos artículos los rastreé pacientemente en la única hemeroteca que conservaba aquel desaparecido Diario de Granada, la de la Casa de los Tiros, a petición de mi amigo José Luis, a quien le mandé, fotocopiados, todos los textos suyos que fui capaz de localizar. Recuerdo la extrañeza de la bibliotecaria cuando traté de explicarle mi propósito de encontrar aquellos artículos y también cómo me hizo rellenar un sinfín de formularios, pensando que yo era un joven investigador de la Universidad que estaba escribiendo una tesis sobre un tal Muñoz Molina. Me pareció divertido, y no quise sacarla de su error.
 
El tiempo hizo madurar a Muñoz Molina y sus libros han ido pasando por varias fases, aunque su estilo creo que ha sabido conservar, en toda su obra, un sello personal que lo hace inconfundible. Los libros de ahora son más reflexivos, más meditados, y el tiempo que tarda en escribir uno nuevo se dilata poco a poco a lo largo de los años, para impaciencia de los que disfrutamos con su lectura y anhelamos poder comenzar a leer ya el siguiente.
 
Esta mañana me he encontrado su rostro afable en la portada de algunos periódicos, tanto digitales como en las ediciones impresas, anunciando que se le ha otorgado el Premio Príncipe de Asturias de las Letras y me he sonreído al pensar que, con este premio, Muñoz Molina se acaba de convertir en un príncipe republicano. Pero ironías aparte, hay noticias que a veces alegran como si uno mismo fuera el receptor o el destinatario de esos acontecimientos. Este ha sido uno de esos días, en mi caso. Un justo premio a toda una carrera que, recordemos, comenzó hace treinta años, más o menos; un premio que se suma a una larga lista y que, como los que con total seguridad le quedan por recibir, me congratula como si me lo hubiesen dado a mí mismo. Los motivos de esta felicidad no son sólo literarios. Además de ser un excelente escritor, a Muñoz Molina lo admiro por ser uno de los intelectuales españoles que, a mi juicio, tienen más peso, por ser un hombre sereno, juicioso, prudente, educado, pero que no se amilana cuando llega la hora de denunciar una injusticia y señalar allí donde nadie se atreve a mirar, comportándose en cierto sentido como un quijote moderno, un caballero sin espada, un humanista como pocos quedan ya en un mundo que parece subyugado por la incultura, la chabacanería, la indolencia y la falta de escrúpulos. En definitiva, una luz que brilla en el fondo del pozo.
 
Valga este pequeño artículo como mi humilde homenaje personal y felicitación por este premio otorgado a Muñoz Molina, un escritor que, estoy convencido, perdurará. Que usted lo disfrute, don Antonio.
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Acerca de Jaime Molina

Licenciado en Informática por la Universidad de Granada. Autor de las novelas cortas El pianista acompañante (2009, premio Rei en Jaume) y El fantasma de John Wayne (2011, premio Castillo- Puche) y las novelas Lejos del cielo (2011, premio Blasco Ibáñez), Una casa respetable (2013, premio Juan Valera), La Fundación 2.1 (2014) y Días para morir en el paraíso (2016).

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