La fuente de la edad, de Luis Mateo Díez: la imaginación subversiva

La fuente de la edad. Luis Mateo Díez. Reseña de Cicutadry

La fuente de la edad fue la segunda novela publicada por Luis Mateo Díez. Sorprendiendo a propios y extraños, consiguió ganar en 1986 el Premio Nacional de Literatura y el prestigioso Premio de la Crítica. Es cierto que Luis Mateo Díez aportaba algo distinto a la narrativa española de aquel momento: una mirada excéntrica, quiere decirse, alejada del centralismo de Madrid o la recurrente Barcelona. La fuente de la edad era una novela provincial –que no provinciana, algo que en mitad de la mediática movida madrileña era casi una apostasía. No obstante, la anterior novela de Luis Mateo se titulaba Las estaciones provinciales, y esa pertinacia en ahondar en el mundo de la provincia lo llevaría pocos años después a situar sus novelas en el reino de Celama, un territorio mítico.

Vitalismo y humor en La fuente de Edad

En el prólogo escrito por Luis Mateo Díez con ocasión del trigésimo aniversario de la publicación de La fuente de la edad, detallaba, con su prodigiosa claridad, la génesis y la idea primigenia de la novela:

Los Cofrades que protagonizan la novela, vitalistas, despendolados, heridos por la mala fortuna de unos tiempos infames, que son los que les toca vivir, buscan en la Fuente la felicidad eterna que sólo puede construirse con la sabiduría y la libertad, ese placer no ajeno a la inocencia, en un tiempo donde poco queda de la misma, y que hay que ganar con el esfuerzo de la imaginación.

El vitalismo, la frescura tanto de los personajes como del transcurso de la propia historia, así como un humor soterrado, hace de La fuente de la edad una novela única, distinta. Hasta ese momento, el mundo rural, o provincial, había sido narrado por Camilo José Cela, fundamentalmente en sus cuentos, o por Miguel Delibes en sus novelas. Pero tanto en Cela como en Delibes, el humor, la aventura, brillaban por su ausencia.

Incluso ensanchando la perspectiva literaria, ni siquiera en los países europeos, o en Sudamérica, se había escrito algo así. En el tono de La fuente de la edad, que después sería el estilo tan característico de Luis Mateo Díez, había –y hay- unas fuertes raíces cervantinas, pero digamos que pasadas por los desagravios del vino y la liberadora imaginación de sus protagonistas.

El mito y la quimera

Ese fuerte sabor auténtico, a raíz de las cosas, se explica por la búsqueda, en Luis Mateo Díez, de las genuinas fuentes de la literatura oral. Escritor leonés, muy amigo de otros escritores de la tierra –José María Merino, Julio Llamazares, Antonio Pereira- recuperaría la tradición finisecular de los filandones, tertulias o reuniones en las que se contaban historias de misterio o de amor al calor de las chimeneas. En los filandones –y no en otra cosa- está la raíz de la narrativa de Luis Mateo Díez.

Desde luego, La fuente de la edad representa la quintaesencia de ese espíritu festivo y misterioso, entre pagano y sagrado, que encerraba los filandones. A este respecto, Luis Mateo Díez señala en el citado prólogo:

La Fuente es un mito, una quimera, un ideal, un camino de salvación que sólo con emprenderlo ya proporciona satisfacciones, aunque probablemente la salvación sea lo más quimérico del mismo, no hay aguas redentoras pero sí existen búsquedas liberadoras.

La búsqueda de ese mito promueve una aventura que se superpone a la precaria aventura de la existencia de los Cofrades; el ideal de la Fuente, que parece un ideal bastante quijotesco, rescata lo mejor de ellos mismos, su desatada fantasía es un salvoconducto hacia la lucidez, un aprendizaje de otro grado de supervivencia que posibilite la felicidad.

La eterna provincia

Es bien evidente la influencia de ciertos narradores italianos en la provincia concebida por Luis Mateo Díez. Pratolini o Bassani supieron darle valor literario a la vida provincial. El cuidado de los detalles, el ritmo mesurado –tan propio de la provincia-, la aparente falta de interés de unas vidas abocadas a la tristeza están también, sin duda, en Luis Mateo Díez. Pero el leonés, aún aprendiendo la inconmensurable lección de los italianos, trasciende ese desamparo y esa frustración apelando a la imaginación, e incluso al gamberrismo sin ambages.

Sus personajes no solo creen en la quimera de la fuente de la edad. Además creen que ese corto viaje que emprenderán por montes y veredas en su busca es un viaje iniciático, un encuentro con una sabiduría fundacional. Apoyada en los inciertos conocimientos de un presbítero, don José María, hombre algo despierto en medio de la somnolencia provincial, que buscó y escribió sobre las fuentes de la comarca y halló –o eso parece- la tan ansiada fuente de la juventud, los cofrades se embarcan la incierta aventura.

Como comprenderá el lector, esta creencia en el hallazgo de la fuente de la edad no es más que una metáfora, perfectamente asumida por los personajes de la novela. Metáfora del escapismo, de la huida de lo normal o mediocre, de la ilusión como un medio de mitigar la frustración y los días de medio pelo.

Tiempo de poesía

No es que los personajes de La fuente de la edad sean unos pobres aburridos e ilusos en pos de una quimera inalcanzable. El lector que tenga la suerte de leer por primera vez esta extraordinaria novela de Luis Mateo Díez comprenderá al instante que son unos eruditos. Unos eruditos en lo que de poético tiene la vida: la amistad, la buena compañía, el vino, el buen yantar, la poesía, los recuerdos y los sueños comunes…

No es casualidad que la carrera literaria de Luis Mateo Díez comenzara con un libro de poemas, Señales de humo, y que en sus primeras andanzas en el terreno de la ficción inventara, junto a otros escritores y amigos, un personaje, Sabino Ordaz, tan parecido a tantos otros personajes apócrifos que aparecen en la novela.

Así, la imaginación se convierte en la principal baza de Luis Mateo Díez. Una imaginación que corre paralela a una prosa exquisita, de una profundidad estremecedora, con la que consigue pulir pequeñas joyas a cada párrafo. Las cualidades de La fuente de la edad se multiplican página a página, la aventura se complica, se diversifica –con la aparición de estrafalarios personajes a la manera de Don Quijote de la Mancha– y va recorriendo su camino sin descanso.

Parece imposible que en un novela “provincial”, en la que supuestamente no pasa nada de enjundia, haya tantos recovecos, tantas sorpresas, tantos giros en la historia. Nada parece escapar del ingenio de Luis Mateo Díez: misterio, humor, sensualidad, quijotismo, canto a la naturaleza. La fuente de la edad es un compendio de las muchas virtudes del escritor leonés; quien lo ha leído, lo sabe: las novelas de Luis Mateo Díez tienen el encanto de lo cercano sorprendido por lo profundo.

La fuente de la edad. Luis Mateo Díez. Alfaguara

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Acerca de José Luis Alvarado

Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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