Equipo Claraboya. Teoría y poemas. Luis Mateo Díez

Pocas veces no es dada la posibilidad de conocer de primera mano los presupuestos teóricos de un grupo de poetas que pretenden renovar la lírica de su entorno. Esto ocurrió con el Equipo Claraboya, cuatro poetas leoneses que en la década de los sesenta intentaron aportar claridad a las turbias maneras de la poesía española del momento. Sus componentes, Agustín Delgado, Ángel Fierro, José Antonio Llamas y Luis Mateo Díez, expresaron desde 1963 a 1968, a través de la revista Claraboya, su rechazo a la poesía social y a la intimista, adscrita a un partido y a una ideología muy concreta, que llenaron de palabras huecas el panorama poético del país.

Para entender la renovación que pretendió este grupo de poetas leoneses, transcribimos los objetivos que se marcaron desde la primera etapa de su andadura literaria:

• Declarar superada la poesía anterior, encerrada en la dicotomía poesía social – poesía intimista.

• Situar a la generación de la década de los cincuenta en el centro de atención del público.

• Conectar a la poesía española con los temas y preocupaciones de la poesía mundial. Tales temas se resumen en:

– La función de la Literatura en la Historia.

– La poesía como conocimiento.

– Los problemas de la forma.

Aunque resultaría muy interesante estudiar cómo esa teoría se tradujo en los poemas concretos de cada uno de los autores citados, lo que nos interesa de este libro Equipo Claraboya. Teoría y poemas (1971) son los primeros poemas publicados por Luis Mateo Díez, que abarcan el referido período comprendido entre 1963 y 1968, y que nos pueden dar una pista acerca de su posterior poética como narrador.

En este libro, Luis Mateo Díez publicó 20 poemas, muy narrativos, sin que ello suponga una merma de su calidad lírica –de hecho, la narrativa de Luis Mateo Díez es abundante en imágenes poéticas de gran intensidad-, basados en dos temas fundamentales: la cotidianidad y la estrechez moral de la posguerra española. En cuanto a los presupuestos teóricos del grupo al que perteneció, los poemas muestran una fuerte adscripción a esos principios.

La función de la Literatura en la Historia queda patente en los poemas que hablan con una terrible delicadeza de los efectos de la guerra –o las guerras-, como por ejemplo en Timbales o Scherzo:

Van a depositar una corona
para olvidar tu nombre.
Te besarán las hojas de laurel
y hablarán de la patria
en gélidos funerales.
Una campana batirá los martillos
del honor.
Nadie te va a salvar.
Si el fuego te borró la cara
serás con los caídos
el soldado desconocido entre muerte y muerte.

Hay también poemas que ahondan en el conocimiento, a través de la dura experiencia vivida y una cierta sabiduría de pueblo llano, harto de los reveses de la fortuna y de ser víctima sin sentido de alguien más fuerte, pero mucho más estúpido. A estos poemas pertenecen Las hojas de Laurel y Miopes:

La única razón de que nos brillen los ojos
es porque llevamos lentillas
y somos miopes.

Otras veces, también, cosas del vino.

No vemos cuatro cuartos
y así andamos:
siempre mirando
lo poco que nos dejan ver.

Esa fortuna adversa llega a ser un grito sensible y desamparado en poemas como Mira este poco de pan:

Mira este poco de pan
y dime quién se llevó la harina
de nuestro trigo
mira este poco de lumbre
y dime quién se calienta las manos
con nuestra leña<
dime si de verdad se puede
seguir viviendo
en esta tierra donde mataron
a nuestros padres.

En cuanto a la cuestión formal, se nota una fuerte influencia de la poética de la generación de los cincuenta, en particular de Ángel González, José Angel Valente y Jaime Gil de Biedma, como puede comprobarse en El desayuno:

Por las mañanas nada mejor
que una copa de orujo
y buenos churros.
Si eres viajero
piensas que con cuatro estaciones
estás en casa
y te comes los churros
y brindas en la ciudad desconocida.
Si no eres viajero
casi siempre los churros están fríos
y el orujo raspa las entrañas
y provoca el ardor
y te demuestra de nuevo
que nunca tienes dónde ir.
Es mal asunto andar con las maletas
vacías
y ver que el tren se marcha.

Como se ve, en lo cotidiano encuentra Luis Mateo Díez su materia poética, labrada con palabras sencillas pero con una idea muy arraigada acerca de la injusticia y la orfandad de los hombres. No hay héroes –o los que dicen serlo, no lo son-, sino seres sencillos que viven como pueden o como le dejan. De esta forma, Luis Mateo Díez demostró desde el primer momento, desde sus inicios en la literatura como poeta, una admirable integridad moral y una unidad temática que ya asomó en sus primeras novelas y que se ha mantenido a lo largo del tiempo, hasta nuestros días, demostrando ser un autor con una fuerte identidad que sigue ofreciendo, a quien lo quiera leer, el placer de una literatura muy bien hecha, pieza a pieza, labrada con la sabiduría de quien sabe aprovechar en cada palabra el sentido del a existencia.

Poemas de Luis Mateo Díez contenidos en este libro:

  • Nosotros no
  • Nota de sociedad
  • Llueve sobre mojado
  • El hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra
  • Nada merecería la pena
  • Con el tiempo y una caña
  • El desayuno
  • Pies para que os quiero
  • Las hojas de laurel
  • Los sabios, no ves
  • Miopes
  • Una flauta lejana
  • Viento
  • Timbales
  • Scherzo
  • Rondó
  • En la Taberna del Delfín del puerto de Casablanca
  • Cuando amanece
  • Alguna vez los pájaros
  • Mira este poco de pan

Canon Luis Mateo Díez (I)
Equipo Claraboya. Teoría y poemas. El Bardo, 1971.

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Acerca de José Luis Alvarado

Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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