Petersburgo, de Andréi Biely: la gran obra maestra desconocida

Petersburgo. Andrei Biely. Reseña de Cicutadry

Nadie diría que Petersburgo, la novela que Andréi Biely escribió en 1913, es una de las grandes obras maestras de la Literatura Universal. La pista la dio Vladimir Nabokov, ruso de nacimiento. En un plató de televisión, y con su habitual estilo sentencioso,  dictaminó cuáles eran las cuatro obras maestras del siglo XX:

Son, por este orden, Ulises de Joyce, La Metamorfosis de Kafka, Petersburgo de Andréi Biely, y la primera mitad del cuento de hadas de Proust, En busca del tiempo perdido.

Como decíamos, la novela fue publicada entre 1913 y 1914 por entregas, en la revista Sirin. No por casualidad, Nabokov publicó sus primeros textos, en su exilio de Berlín, con el seudónimo de V. Sirin.

Pero, ¿quién era Andréi Biely?

Andréi Biely fue un escritor ruso que, incluso en su tiempo, pasó desapercibido. Adscrito al movimiento simbolista, en el que los artistas destacados fueron en su mayoría poetas, Biely frecuentó la prosa, dejándonos siete novelas y un buen puñado de cuentos.

Las traducciones al castellano de Andréi Biely no han sido frecuentes. Aparte de Petersburgo, solo se han traducido dos novelas –las inmediatamente anteriores y posteriores a Petersburgo. Estas dos novelas, La paloma de plata y Kotik Letaev, son obras de gran mérito, de difícil lectura y extraño mensaje. Obras raras y complejas. Y es que Andréi Biely, por encima de todo, fue un individuo raro.

Lector atento de Nietzsche y de Rudolf Steiner, Biely tendió siempre hacia el misticismo y el mesianismo apocalíptico. De hecho, las dos novelas antes citadas destacan por una fuerte visión mística del escritor, que impregna los textos de una forma abrumadora. Petersburgo no escapa tampoco a esa visión mística. Pero lo que en La paloma de plata y Kotik Letaev son textos discursivos y digresivos que a menudo aburren al lector, en Petersburgo, gracias a sus poderosas virtudes narrativas, el misticismo se convierte en el poderoso hijo conductor de la novela.

Petersburgo y Ulises

Por otro lado, no dudamos en afirmar que Petersburgo es un claro antecedente del Ulises de James Joyce. También lo es de Mrs. Dalloway, de Virginia Woolf, de Berlín Alexanderplatz de Döblin o Manhattan Transfer de Dos Passos. Bien es cierto que la novela de Andréi Biely no fue traducida al inglés hasta 1959, momento en el cual el Ulises había sido convertido en paradigma de la novela moderna. Para entonces, la creciente reputación de la novela irlandesa eclipsaba cualquier otro “descubrimiento” literario.

Pero es que las semejanzas entre ambas novelas son asombrosas. La novela de Joyce se desarrolla en un solo día, el 16 de junio de 1904, mientras que la de Andréi Biely tiene lugar el 30 de septiembre de 1905. El personaje principal del Ulises es Dublín; el de Petersburgo es la ciudad de San Petersburgo. Las dos novelas juegan con el lenguaje. Ambas obras tienen una fuerte dosis de humor. Las dos novelas contienen varias novelas en su seno.

Sin embargo, Petersburgo es una novela mucho más compleja que el Ulises y que las otras obras citadas anteriormente. La complejidad procede del elemento espiritual. La obra, al desarrollarse un día concreto de la primera revolución bolchevique de 1905, incorpora la contradictoria espiritualidad rusa capaz de mezclar el terrorismo, la política y la religión en un mismo plano. A ello, Andréi Biely añade una delirante libertad narrativa, un discurso absolutamente fragmentado y un argumento estrambótico y brillante, lleno de momentos mágicos.

En resumen, Petersburgo es una novela de novelas cuyo significado final es difícil de captar en una primera lectura.

La novela mística

Insistimos en el componente místico de Petersburgo porque es el elemento diferenciador de esta novela respecto a otras obras maestras semejantes. De principio a fin, el texto se ve impregnado de un halo misterioso y extravagante que constituye el auténtico estilo del libro. Y lo que lo hace extremadamente extravagante es la continua aparición del propio Andréi Biely en el texto.

Sin pudor alguno –y esto era muy extraño en la literatura de 1913- Biely interrumpe la escena que está narrando para dar una opinión personal que, en muchas ocasiones, nada tiene que ver con la historia contada. Constantemente duda de sí mismo, duda de lo que está escribiendo, incluso duda de la realidad. Nada es seguro en Petersburgo porque su autor boicotea su obra de continuo:

Si ustedes son de los que sostienen la absurda leyenda de que la población moscovita asciende a millón y medio, entonces tendremos que reconocer que la capital es Moscú, pues tan solo las capitales cuentan con un millón y medio de habitantes: ninguna ciudad de provincia tiene ni tendrá jamás millón y medio de almas. Así que, si damos pábulo a esa estúpida leyenda, tendremos que convenir que Petersburgo no es la capital.

Y si Petersburgo no es la capital, entonces Petersburgo no existe… Parece que existe, pero es mera apariencia.

La novela vanguardista

Sorprende la libertad compositiva de Petersburgo, que procede directamente de la curiosa personalidad de Andréi Biely. Sus novelas rompen radicalmente el orden natural de la narrativa. No hay una lógica en la historia, que va dando continuos saltos en el tiempo. Las frases quedan interrumpidas por digresiones, o por otro acontecimiento imprevisto. Los sucesos se vierten como un magma inconsciente que recuerda la escritura automática, o bien se demoran casi eternamente en decenas de páginas. Y sin embargo, todo este aparente desbarajuste tiene sentido.

Si no fuera un término poco técnico, podríamos decir que Petersburgo es una novela cubista, compuesta a la manera de los cuadros de Juan Gris o Picasso. Como bien señalaba Juan Goytisolo:

Biely descoyunta los cuerpos de los personajes, estos se fragmentan y cada fragmento asume una vida propia. El todo es la parte y la parte el todo. Del mismo modo que, a causa de un fallo del repetidor de televisión, la imagen de la pantalla se fracciona, hace trizas y superpone figuras geométricas que el telespectador recompone con dificultad, la prosa de Biely crea y deshace ante nuestros ojos una realidad irreal, que es la del territorio nuevo, por él descubierto en su inspirada cartografía.

La novela de personajes

Hablemos ahora del argumento. ¿Qué nos quiso contar Andréi Biely en Petersburgo? La relación entre un padre y un hijo. Más bien, la pésima relación entre ambos. Apollon Ableukhov es un viejo senador de la estirpe de los burócratas zaristas cuyo único pecado es haber pertenecido a un tiempo que ya empieza a caducar. Nikolai, su hijo, es un estudiante de filosofía que, por un absurdo motivo, se obliga a sí mismo a matar a su padre con una bomba de fabricación casera que continuamente porta en un hatillo un tipo llamado Alexánder Dudkin.

El insignificante terrorista persigue durante toda la novela al estudiante Nikolai. Este, a su vez, y ataviado con un disfraz de dominó rojo, deambula como una aparición de palacio en palacio de San Petersburgo, enamorado de Sofía Petrovna, apodada el ángel Peri y también llamada Lisa. De fondo, Petersburgo nos ofrece la revolución de 1905 y una figura ad hoc, Lippánchenko, el jefe de la célula del Partido, que juega a policía para amedrentar a Nikolái y manipula al mesiánico Dudkin y al hijo del senador para que elimine a su propio padre.

Y por encima de todo, como protagonista absoluta, la ciudad de San Petersburgo. Andréi Biely extrae todo su misterio, su belleza, su plena confusión en plena revuelta política, la confusión de las propias mentes de los personajes envueltas en el halo sobrenatural de la ciudad. No hay una sola página de la novela en que no aparezca su rotunda presencia.

La novela de humor

Petersburgo es una novela nerviosa. Las situaciones se suceden sin solución de continuidad, las descripciones conviven con las divagaciones, los diálogos, las digresiones y la narración propiamente dicha. Y esta fragmentación, aparentemente caótica, es precisamente el valor más interesante de la novela. Y es que la fragmentación lleva al humor.

En este caso, Andréi Biely juega con lo inesperado, con lo sorprendente, con descripciones o hechos que asombran al lector por su extravagancia y su imaginación. Veamos, por ejemplo, el primer párrafo de la novela, que es la descripción de uno de los protagonistas, el viejo senador Apolón Ableújov:

Apolón Apolónovich Ableújov era de honorable estirpe: un antepasado suyo había sido Adán.

Para continuar:

Pero esto no era lo principal: incomparablemente más importante en su caso, era que uno de sus nobles antepasados había sido Sem, es decir, el progenitor de los pueblos semitas, hititas y pieles rojas.

Como comprenderá el lector, el efecto sorpresa es evidente, por extravagante. Estas extravagancias son continuas durante toda la obra.

La novela policíaca

Que un personaje deambule por la ciudad –y por toda la novela- con una bomba dentro de un hatillo, que estallará en pocas horas, nos lleva irremediablemente a pensar en El agente secreto, de Joseph Conrad. Sin embargo, a diferencia de la novela del polaco, en Petersburgo la acción terrorista se va desgranando con una infinita demora a lo largo de todo el texto, entre el suspense y el horror, pues vamos conociendo los movimientos del parricida como de la víctima casi minuto a minuto.

El parricida, además, no tiene intención alguna de colocarle la bomba a su padre. El suspense acrece cuando el lector se percata de que el asesino no quiere asesinar, que el terrorista no está muy concienciado y el demagogo se pierde en teorías peregrinas. Lo que ocurre también es que la víctima se pone a tiro continuamente.

En definitiva, la trama policiaca de esta novela gira en un eterno retorno muy propio de Nietzsche, tenaz y angustioso, puesto que nadie quiere que ocurra lo que parece que terminará ocurriendo. Y aquí entra de nuevo la trascendencia, el misticismo de la novela: hay una especie de fatum, de cuestión sobrenatural que revolotea sobre los personajes para que el atentado se haga realidad. La muerte está presente precisamente por su ausencia, por el vacío que va dejando en la trama.

La obra maestra

Recapitulando, diremos que Petersburgo ofrece un ejemplo único de literatura: una realidad absolutamente irreal. La novela es un enorme y colosal edificio de palabras, sensaciones, acciones y sugerencias, un mosaico que pasa delante de los ojos del lector como un vendaval.

No es, naturalmente, una lectura fácil, como ocurre por lo general con las obras maestras. La estructura narrativa es muy compleja, el argumento es difícil de seguir, pero la seducción del autor es brutal. El humor convierte la novela en encantadora.

Decíamos al principio que Andréi Biely poseía una personalidad extraña, mezcla de misticismo, espíritu mesiánico y pensamiento apocalíptico. Petersburgo es una prolongación de esa personalidad –por lo demás, tan propia de su país- tocada por la genialidad, el humor y su tradición novelística, una especie de resumen colosal de las virtudes de todos los narradores rusos anteriores a Biely.

Petersburgo. Andréi Biely. Editorial Akal.

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Acerca de José Luis Alvarado

Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos.Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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