Restauración, de Eduardo Mendoza: Una obra de teatro en verso

Restauración, de Eduardo Mendoza. Reseña de Cicutadry

Restauración fue la primera obra de teatro estrenada por Eduardo Mendoza en 1990. Originariamente escrita en catalán, fue posteriormente adaptada por el propio autor al castellano para su estreno en Madrid en 1991. La obra está escrita en verso y protagonizada por cuatro personajes. El personaje central, Mallenca, fue interpretado por Rosa Novell –tristemente desaparecida en 2015-, que unos años después sería la última pareja sentimental del escritor catalán.

Eduardo Mendoza y el teatro

Tal vez sorprenda a los lectores la faceta dramatúrgica de Eduardo Mendoza. Al contrario de lo que pueda parecer, su obra teatral no es algo marginal o anecdótico en la carrera literaria del escritor catalán. Aunque ha dado a las tablas tan solo cuatro obras, hay que considerar la seriedad y la calidad de estas piezas, todo un tesoro dentro de la producción de Mendoza.

Como ha dejado escrito el autor, su interés por el teatro viene de pequeño. Su padre intentó ser actor, sin éxito, y acudía frecuentemente a los estrenos barceloneses junto a su hijo. El joven Eduardo Mendoza también trató de ser actor, de forma anecdótica, y viendo sus escasas dotes para la interpretación, pensó que podía escribir una obra, para lo que se consideraba más dotado. Parece ser que sus primeros pinitos literarios consistieron en una o dos obras de teatro que relegó al olvido.

Cuenta Mendoza, como curiosidad, que preparando un estreno casi casero de Esperando a Godot, de Beckett, se vio forzado, por mor de los escasos medios de que disponían, a pasar la obra a máquina para los cinco integrantes del grupo de teatro –solo poseían un ejemplar- lo que le llevó a conocer y desentrañar los recursos dramáticos de un texto sin duda ejemplar en muchos aspectos. Posteriormente recibió el encargo de traducir y adaptar El sueño de una noche de verano, de Shakespeare, y cuenta Eduardo Mendoza que la insatisfacción que le produjo esta adaptación lo llevó a la idea de escribir una obra propia.

Una obra de teatro en verso

Restauración tiene la singularidad, a finales del siglo XX, de ser una obra escrita en verso, algo sin duda anacrónico pero cuyo efecto para el espectador es extraordinario. Sinceramente pienso que si algún autor podía acometer el estreno de una obra en verso, este solo podría ser Mendoza, autor que disfruta –y él mismo se atribuyó desde sus inicios- de una libertad envidiable en el terreno de las letras. Pero hay motivos para este singular anacronismo.

Desde el primer momento pensó en escribir la pieza en catalán. Es bien sabido que Mendoza escribe sus novelas en castellano, pues la destreza lingüística que él requiere para la narrativa no la posee en la lengua catalana. Sin embargo, el verso –y aún más el verso libre- y la oralidad del texto lo llevaron a pesar que podía emprender su proyecto usando su segunda lengua.

Además, la historia que plasma Restauración no contradice la oportuna elección de la lírica. La obra se sitúa en la Cataluña enfrentada por las guerras carlistas, un episodio poco conocido de la historia catalana, pero fundamental para comprenderla. De hecho, la restauración a la que alude el título es la del rey Alfonso XII a la corona de España, un momento importantísimo para Cataluña puesto que llevó la paz y la estabilidad a ese territorio. En otras obras el propio Mendoza ha hecho alusión a la restauración borbónica en este aspecto positivo y poco conocido. Como detalle diremos que el propio Alfonso XII aparece al final de la obra, más bien como un guiño un poco gamberro de Eduardo Mendoza que porque lo necesitara el texto en sí.

La eterna incertidumbre del ser humano

Sobre este escenario de guerras carlistas, Eduardo Mendoza nos presenta en Restauración a la protagonista, una mujer, Mallenca, que vive sola en el campo. Al principio no sabemos el motivo de esta soledad, que poco a poco se irá desvelando. Sentada en una chaise-longue, medita sobre su vida y sobre la vida en general, en un tono poético que sin duda sorprenderá a los seguidores de Mendoza:

Porque a veces las cosas,

en vez de distraernos, nos obligan

a pensar. Yo no quería ver el sol

y decir: parece un corazón

apasionado. O, fíjate, la luna

va menguando, como mi esperanza.

O, mira, las estrellas parpadean

como si llorara el firmamento.

¡Y eso jamás! ¿Pensar? ¡Jamás, jamás! […]

Pensar

es abrir las puertas al pensamiento

y dejar que las ideas nos ataquen,

es no tener defensa contra el miedo,

la amargura, el delirio y la tristeza.

Y no sirve de nada: solo para sufrir.

Como pensar: pronto me moriré,

¿de qué sirve? O decir: hoy

ha sido un día bien absurdo,

el tiempo me ha pasado sin sentir;

dentro de nada seré vieja

y no habré sido feliz. Esto

piensa la gente cuando piensa.

Mallenca no es, desde luego, una mujer de la época en que se desarrolla la obra. Ningún personaje lo es. Primero aparecerá en la casa de la mujer un joven desertor de las filas carlistas. Fue dependiente de una mercería en Barcelona y creyó que el ejército le daría la gloria. Después aparecerá un hombre que fue pareja de Mallenca y que la abandonó para hacer el Camino de Santiago. Por último, aparecerá en la casa un general carlista, Llorens, también unido en su momento a Mallenca y que viene a anunciar que las filas carlistas han sido liquidadas.

La derrota del deseo

La utilización del verso es fundamental para comprender Restauración. Aunque se trata de verso libre, no es ni mucho menos “prosa interrumpida” como diría algún crítico, sino que contiene un verdadero aliento poético. Esto no quiere decir que la historia se deje llevar por el sentimentalismo o la expresión almibarada. Más bien al contrario.

Es admirable la capacidad que presenta Eduardo Mendoza para compatibilizar lo poético y lo cotidiano. La mayoría de los diálogos podrían haber sido escritos en prosa, incluso en prosa llana, cotidiana, pero el efecto no habría sido el mismo. La diferencia estriba en el tono.

Lo que esconde la historia de Restauración, para quien sepa leer atentamente la obra, es la derrota del deseo. La mujer no vive por gusto sola en el campo: solamente se ha exiliado allí, se ha abandonado encontrándose con la Naturaleza para aliviar su soledad. El muchacho barcelonés deseaba ser soldado, deseaba el valor en contraposición con su insignificancia como dependiente. Y solo ha encontrado zafiedad y sangre.

Bernat, pareja de Mallenca, ha huido de ésta y como excusa poco creíble ha escogido el disfraz de peregrino compostelano, sin duda una broma irónica de Mendoza. Una huida para encontrarse a sí mismo en una ciudad tan lejana como Santiago de Compostela, como si allí, o haciendo el camino hacia ella, se pudiera realmente huir de sí mismo. Finalmente, el general Llorens parece haber encontrado su deseo, comandar las fuerzas carlistas, ascender como general, poder ser admirado por Mallenca, pero nada de ello ha conseguido, y ahora en la derrota hace cualquier cosa por escapar de su fatal destino.

El humor ante todo

Podría parecer que estamos ante una obra dramática de tomo y lomo, con connotaciones existencialistas. Pero nada más lejos de la realidad. Eduardo Mendoza no prescinde el humor en ninguna de sus obras. En Restauración la primera nota de humor la pone las propias palabras del texto, que compagina cultismos y alientos poéticos con palabras de lo más vulgares sin solución de continuidad.

La propia acción que se desarrolla conforme pasan los cuatro actos va derivando hacia el folletón sentimental, aunque naturalmente se esquiva con habilidad. Todos los hombres están enamorados de Mallenca, y ella lo está de dos de los personajes. En un momento dado, esta circunstancia en un auténtico enredo en el que los propios personajes ya no saben quién está enamorado de quién. Para hacer más agradable la cosa, las puyas e ironías que los personajes se cruzan entre ellos –para menospreciar su pretendido amor por Mallenca- son por momentos antológicas.

Y para rematar este aspecto humorístico de la obra, Eduardo Mendoza se permite una escena genial en la que, en lugar de utilizar las clásicas puertas, usa la vestimenta de los personajes –uno con harapos por haber escapado en el bosque; otro con el hábito propio de peregrino; y otro vestido de general- para que, por un motivo de la trama que lógicamente no vamos a desvelar, se intercambien los vestidos unos personajes con otros hasta el punto que ninguno de ellos termina sabiendo por qué viste como viste.

Restauración, en definitiva, viene a mostrar un Mendoza desconocido pero poseedor de unos recursos dramáticos considerables para la escena. Sin duda su facilidad para componer escenas en sus novelas le habrá ayudado a esta habilidad, aunque leyendo sus obras de teatro, y conociendo sus antecedentes como devoto de este género, podemos pensar que las reiteradas secuencias de sus novelas son más bien fruto de su amor por el teatro.

Restauración. Eduardo Mendoza. Seix Barral.

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Acerca de José Luis Alvarado

Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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